Protagonistas Hace 1 mes

Es momento de recordar a Sam Snead

Manejando con Sam Snead
Él reservó la charla sobre golf para el final mientras nos dirigíamos hacia el Masters en 1998. Estaba más interesado en contarme sobre los montañeses de la vida real que vivían cerca de su casa en Hot Springs, Virginia, y que eran reconocibles por sus caras angulares, narices torcidas, ojos juntos y dientes de conejo. “Con ellos no se bromea”, me dijo.

GRAN REMONTADA Dado de alta del hospital, Sam entra en calor antes de actuar como starter honorario en el Masters de 1998.

Durante ese viaje de siete horas desde su hogar invernal en Fort Pierce, Florida hasta Augusta me contó que los pavos, a quienes solía meter en bolsas mientras “cazaba para sobrevivir al colegio” cada día cuando niño, tienen la mejor vista entre todos los animales. Cómo se acercaba y acariciaba a los ciervos en Spyglass Hill, cómo una vez atrapó un gato salvaje con sus propias manos e incluso llegó a domar un pargo que vivía en un lago dentro de su propiedad. Cómo había una variedad de cebolla llamada “ramps” que tenía un olor tan horrible que el personal en The Greenbrier tenía orden de no comerla porque el olor emanaba de su piel y molestaba a los invitados. Contó cuentos de familia. Cómo su mamá, que lo tuvo a los 47 años, le había enseñado a cocinar y coser, y por qué, gracias a ella, él podía entallar su ropa. Contó la historia de su tío abuelo, Big John Snead, quien medía 2,36, pesaba 159 kilos, usaba zapatos número 50 y cómo durante la Guerra Civil su mera presencia asustó a toda una compañía de soldados de la Unión.
Eventualmente Sam llegó al golf y por supuesto las historias eran de primer nivel. Cómo había hecho hoyo en uno con cada uno de los palos de la bolsa excepto el putter y eso incluía un hoyo en uno con un hierro 3, de zurda. Los trágicos detalles de sus malos momentos en el U.S. Open – nunca ganó uno – y la amargura que lo invadió cuando el PGA Tour redujo la cantidad de victorias de 88 a 81 y luego a 82. Sam tenía inclinación hacia la queja, pero lo hacía de manera humanitaria e interesante. Dijo que en 1950 había ganado 11 torneos contra el único ganado por Ben Hogan. ¿A quién nombraron jugador del año? A Hogan, por supuesto.

BUENOS TIEMPOS El autor con Sam en The Homestead en 2001.

Sam contó historias de Hogan (“La gente no sabe esto, pero nosotros éramos como hermanos”, dijo), Byron Nelson y Bobby Jones, y compartió chismes deliciosos sobre campeones oscuros como Lloyd Mangrum, el campeón del U.S. Open en 1946 y veterano condecorado de la II Guerra Mundial herido en la Batalla de las Árdenas. Mangrum, contó Sam, tenía la reputación de haber ejecutado secretamente a un grupo de prisioneros de guerra alemanes con su ametralladora. “Ellos habían matado a muchos amigos de Lloyd”, explicó.
Durante el viaje en auto, a medida que nos aproximábamos a Jacksonville, Sam sufrió lo que más tarde fue diagnosticado como episodio isquémico transitorio, un tipo de derrame. Nos salimos de la I-95 y Sam, balbuceando sus palabras, se descompensó en el carril de emergencias. El hijo de Sam condujo muy rápido hacia Augusta donde Sam ingresaría al hospital. Lo visité ahí – me trataron como familia – y observé cómo Sam se recuperaba en un par de días, bromeando con las enfermeras y maldiciendo para que le dieran el alta porque tenía que estar presente en la ceremonia de los starters honorarios. Los doctores, impactados por la rapidez de su recuperación y por haber hallado que Sam, en ese entonces con 85 años, no tenía casi placas arteriales, lo dejaron ir.
Nunca había experimentado nada como cuando observé a Sam ese jueves por la mañana. Luego de pegar una serie de topazos y shanks con una cantidad de hierros en la cancha de práctica, se dirigió lentamente hacia el tee del uno, mientras nosotros aguantábamos la respiración, esperando que no hiciera papa aérea. Tras una presentación colorida, Sam, como poseído por un ángel, pivoteó como si tuviera 30 otra vez y le dio fuerte a la bola enviándola al camino cortado por la máquina en el centro del fairway. En ese entonces escribí cómo el público que no se conocía entre sí se abrazaban, los hombres llorando ante el milagro que acababan de ver.

EL PARTIDO La tarjeta de una competencia de 1987.

TEMPO El swing atemporal de Snead en la década del 60.

CUENTOS LEGENDARIOS
Yo tuve numerosas experiencias de ese estilo con Sam a lo largo de los años – perdón por alardear – y es gratificante ver que otra vez es noticia. Tiger Woods está al borde de iguala el récord de 82 victorias en el PGA Tour de Sam. Tiger tiene 81 y se espera que no solo lo iguale sino que lo pase a Sam, quizás más temprano que tarde. La búsqueda de ese récord es una de las mejores historias del año, ya que la hazaña se encuentra en segundo lugar solo superada por el intento de Tiger de igualar los 18 campeonatos mayores de Jack Nicklaus. Es un recordatorio para continuar recordando y aceptando a Sam, quien por más de seis décadas fue una parte colorida y perdurable del paisaje golfístico.

No fueron solo los logros de Sam. Ganó siete majors y muchos más torneos que los 82 que le acreditan y es una elección consensuada como uno de los mejores 5 jugadores de la historia. Fue su persona, la manera en que jugaba y por tanto tiempo, lo que para mí lo convertía en el jugador más cautivante. Los recuerdos en primera persona de los jugadores legendarios de golf sobre los golpes que vieron pegar a Sam que tenían que ser vistos para ser creídos llenan los archivos de mi computadora.
Lee Trevino dice que de los millones de golpes que vio, fue el driver que Sam pegó desde el fairway en 1967 en una cancha cerca de Fort Lauderdale llamada The Diplomat el que más lo impresionó. “Un draw alto hacia una bandera sobre la derecha desde las 220 yardas, agua por la derecha, bola apenas debajo de sus pies”, recuerda Lee. “Se tomó muy poco tiempo, solo le pegó y reaccionó como si fuera algo que hacía todos los días”. Jack Nicklaus dice que cuando joven, si cerraba los ojos y se imaginaba el swing que quería, era el de Sam. Jackie Burke, Gary Player, Chi Chi Rodríguez, Doug Ford, Johnny Miller, Fuzzy Zoeller, Bob Rosburg y Bob Goalby hasta el año pasado – todos ellos contaron historias de cosas inhumanas que vieron hacer a Sam con un palo de golf. Las historias vinieron sin pedirlas. Siempre me pareció revelador que mi estimado colega, el difunto Dan Jenkins, un hombre devoto de Hogan admitiera en una ocasión “Las semanas en las que Sam se presentaba con su mejor juego, yo me sentía desesperanzado y enojado porque sabía que Ben no podría vencerlo. Nadie podía”.
Hasta Tiger recuerda a Sam. En 1982, cuando Tiger tenía 6 y Sam 69, jugaron una exhibición a dos hoyos en Soboba Springs en San Jacinto, California. En el primer hoyo, un par 3, Tiger pegó el golpe de salida al agua y la bola quedó parcialmente sumergida. “Me metí para jugarla y la bola estaba elevada pero desde atrás Sam gritó, ‘¿qué estás haciendo?’ ” Recuerda Woods. “Miro alrededor perplejo. Estoy por pegar el golpe. Sam dice, ‘Levántala y dropea. Sigamos jugando’. No me cayó muy bien eso”. El profesor de Tiger en ese momento, Rudy Duran, le dijo recientemente al reportero Bill Fields, “Tiger medio como que lo miró raro a Snead y sacó su hierro y la dejó en el green. Sam sacudió su cabeza como, bueno, eso está bastante bien”.

Tiger se ha relajado un poco en los últimos años, más accesible. Aun así, su accesibilidad no se compara con la de Sam, quien hablaba con cualquiera, en cualquier lado y en cualquier momento. La primera vez que le pedí el teléfono de Sam a un colega me dijo, “llama a la operadora. Él está en la guía telefónica”. Sam amaba a la gente, disfrutaba de alardear y el ida y vuelta, en especial si tu cara le era algo familiar. Una vez que uno penetraba la primera capa del círculo de Sam, él lo trataba a uno como si no hubiera más círculos. ¿Existe un jugador moderno así? Phil Mickelson es el que más se parece, pero la mayoría mantiene a los demás comprensiblemente a distancia. Como diría Tiger, hay peligros allí afuera. Es una época diferente.

UNA PRIMERA REUNIÓN DIFÍCIL Y UNA APUESTA DISPUTADA
Mi primer encuentro con Sam fue en 1982, el mismo año que conocí a Tiger. Fue en un torneo del PGA Tour Champions en Utah. Yo era un periodista deportivo joven, apasionado por el golf pero un poco ingenuo. Un extracto de la fabulosa autobiografía de Snead, La educación de un golfista, me había intrigado. Trataba de su lucha contra los yips. “Uno no conoce la aflicción hasta haber fallado putts seguidos de 35, 40 y 35 centímetros”, escribió Sam.
Durante el torneo me dirigí al green de práctica donde Sam estaba hablando con otros jugadores y reporteros. Sin imaginar que los yips pudieran ser un tema sensible para Sam le pregunté, “¿entonces fue un sistema nervioso débil o qué?” Sam me miró con incredulidad mientras los otros periodistas soltaban la carcajada. Uno de ellos, el estimado Lee Benson, encabezó su columna con eso al día siguiente. Sam, apenas capaz de mantener la compostura, me contó un poco sobre los yips y bastante más sobre el putt “sidesaddle”, el método que había usado para curarlo. Ese día me bautizó Junior – los reporteros también se rieron de eso – y durante los siguientes dos años los periodistas se dirigían a mí como Junior.
Sam sabía que yo no tenía malas intenciones, pero fue un comienzo escabroso. Cinco años más tarde, luego de ingresar a Golf Digest, tuvimos un encuentro más prolongado en una cancha que abría sus puertas en Gleneagles en Delray Beach, Florida. Debía jugar nueve hoyos con Sam y otros nueve con Doug Ford. Le propuse una apuesta por $10 a Sam y aceptó encantado. Sabía que el gustaba jugar por dinero y que apreciaría la iniciativa. El problema era que él pensó que íbamos a jugar 18 hoyos, no nueve. Cuando anoté un 39 contra su 36 – acordamos que me concedería cuatro tantos, juego por golpes – perdió y se negó a pagar. “Vamos, Sam, me lo debes”, le dije. “La próxima vez vamos a aclarar mejor las cosas”, dijo y se fue. Me clavó.
Pero en esos nueve hoyos tuve el primer vistazo desde muy cerca del juego de Sam y su increíble destreza física. Tal vez haya escuchado que él podía patear la parte superior del marco de una puerta de 2,13 mts incluso a sus 80 años, y es cierto. A menos que hayan reemplazado la entrada al vestuario de campeones en Augusta National, las marcas de sus clavos de acero siguen allí, porque yo las vi. Ese día, alardeando, hizo algunas cosas que fueron aún más increíbles. Con 1,77 y 84 kilos – su peso fue asombrosamente consistente durante toda su vida – podía levantar la bola del hoyo sin flexionar las rodillas. Podía presionar el pulgar de su mano izquierda contra el antebrazo sin ayuda de la otra mano. Sentado en una silla en el clubhouse al final del día, se inclinó y tocó el piso con ambos codos. Y todavía seguía siendo terriblemente fuerte. Cuando falló un golpe ese día en Gleneagles, dobló tanto la vara de acero de un hierro con sus manos que yo creía que la iba a partir en dos. Era fácil imaginarse a Sam de joven corriendo la carrera de 100 metros en 10 segundos, fue un buen lanzador de béisbol y un defensa en fútbol americano, y hasta llegó a incursionar en boxeo, en 1936 ganó por decisión un combate con un pro llamado Lowell (Huracán) Hite.

PATADA ALTA A los 67 Sam con Seve Ballesteros en la Copa Ryder de 1979 en The Greenbrier.

DAR Y RECIBIR
Sam, quien supuestamente era frugal, en realidad era generoso. Compró casas para familias pobres y llevaba en su billetera un pagará de Ralph Guldahl por USD 1.500, a quien Sam le había hecho un préstamo cuando Guldahl estaba teniendo dificultades. Nunca me dejó pagar una cena y lo vi dejar propinas generosas a los empleados de diferentes lugares. Jack Snead me contó las cosas que su papá hizo por las comunidades en Bath County fueron numerosas pero mantenidas en secreto a propósito. Es el motivo por el cual una gran parte de la ruta 220 en Virginia fue llamada la Sam Snead Highway.

Pero también tenía un costado afilado, especialmente con los jugadores que trataba de vencer. Johnny Miller me dijo que a principios de los 70, cuando Sam todavía competía – a los 62 empató el tercer lugar en el PGA Championship de 1974 – Sam buscaba a los pros jóvenes y con buen futuro en la cancha de práctica y se metía en sus cabezas. “Les decía ‘No sé cómo puedes elevar la bola si la colocas tan atrás en el stance’, y seguía caminando”, cuenta Miller. “El tipo movía la bola unos centímetros más adelante y era su fin”.
Sam también era generoso ayudando a otros con su golf. En el 2000, durante una de mis visitas a él en The Greenbrier, mencioné que me estaba costando pegar los hierros cortos. Me arrastró hasta la práctica y trabajó conmigo durante una hora, ofreciendo consejos que nadie más me había dado. Hablaba como en susurro cuando impartía algún consejo. “Aprieta un poco más firme con el dedo medio de la mano izquierda” es uno que recuerdo. Me fue de Greenbrier quemándola. Un par de años más tarde JoAnne Carner me dijo que durante su mejor momento pasó por un período en el que le costaba transferir el peso hacia el costado izquierdo. Ningún profesor pudo ayudarla. “Sam me observó durante un evento por equipos y me dijo que ablandara mi brazo izquierdo a la altura del codo durante el backswing”, recuerdas. “Solo Dios sabe, pero funcionó inmediatamente. Entré en racha. Cada instructor al que le mencionaba la corrección de Sam se mostraba confundido. No podían entender por qué funcionó, pero fue así”.

Así como Sam enseñaba, demostraba. Eso en sí mismo era terapéutico. El waggle de Sam era hermoso, un peso al aire seguido de la colocación de la cabeza del palo detrás de la bola y el más pequeño temblor – no visible en video – que fluía hacia arriba por sus manos y muñecas hasta la parte alta de sus brazos y luego hacia todo su cuerpo. De manera simultánea sus pies se movían de un modo que sugerían que estaba agitando los dedos de los pies dentro de los zapatos. Era hermoso y luego lanzaba la rodilla derecha hacia adelante y empezaba el backswing, la fluidez que le seguía era un nivel diferente. Si Sam estuviera envuelto en celofán arrugado, uno tenía la impresión de que podía hacer el swing sin hacer ruido.

Las visitas por lo general terminaban haciendo fiaca en la casa de Sam dentro de una propiedad de 24 hectáreas de los Snead, la cual fuera cedida por el Rey de Inglaterra a la familia en 1763. A Sam le encantaba sacarse el sombrero y los zapatos y caminar por ahí en medias, contando historias sobre los numerosos animales montados sobre las paredes. “Ya no me gusta matar animales”, dijo. Entonces se volvía a vestir y me llevaba al lago donde había domesticado al pargo. Me mostró el cementerio donde estaban enterrados – 15 de ellos, según Sam – los ancestros de la familia y donde él, también sería enterrado. “No soy religioso”, dijo, mirando las tumbas. “Pero en el fondo, soy creyente. Conozco las plegarias de memoria”.

Mi última visita a Sam fue en 2001. Almorzamos en The Homestead y me observó pegar algunas bolas. “Estás agarrando el grip más fuerte que la última vez que te vi”, dijo. Sam estaba adolorido. Tenía síndrome de túnel carpiano en su mano izquierda, un hombro lesionado y una degeneración macular que le dificultaba ver la bola en el address. Le habían amputado un dedo del pie. Me contó que por esos días le encantaba cortarse el pelo, sentir las manos de otra persona sobre él. Abstemio de toda la vida – le había prometido a un coach de atletismo del colegio secundario que nunca tomaría una gota – ahora disfrutaba de un cocktail, pero solo uno, porque lo ayudaba a disminuir su dolor.

Me contó de algunas cosas que lamentaba, de naturaleza personal. Expresó su gratitud hacia una familia de una iglesia cercana por haber acogido a su hijo menor, Terry, discapacitado mental desde el nacimiento. Sus reflexiones eran suaves y nostálgicas. Extrañaba a sus amigos. Cuando me acompañó al auto, me abrió la puerta y me dijo que tuviera cuidado. Tuve esa sensación inconfundible de que no volvería a verlo otra vez, y no lo hice. Pero ese es el milagro de Sam. Si pasaste algo de tiempo con él, él vivirá contigo por siempre.


FORME UN ‘K’ CON SUS PIERNAS

Esta contribución de Sam fue ranqueada como la Nro. 2 en la lista de consejos de todos los tiempos de Golf Digest como parte de su 60to aniversario en 2010.
Una buena manera de aumentar la fuerza en sus manos y muñecas es tomar páginas del diario y enrollarlos formando bolas con cada mano. Para usar esa fuerza intente un giro más grande en su backswing.
Para aumentar el giro, haga que la cadera y el hombro izquierdos giren juntos en el backswing. Hágalo más bien lento y mantenga las manos y los brazos blandos. Hacer el swing demasiado rápido puede endurecerlos y eliminar su flexibilidad. Mientras gira alejándose de la bola, permita que la rodilla izquierda se mueva hacia adentro y a la derecha para que sus piernas formen una “K”. Luego empiece el downswing con la rodilla derecha moviéndose hacia la izquierda para formar una “K” invertida.