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Recordando a Payne Stewart, veinte años más tarde

Como comentarista vives momentos en los que te piden que entrevistes a amigos, colegas o gente cercana a ti y que presentes el relato con un aire distante. Ese es un requisito para el trabajo – ser objetivo, siempre, al margen del tema. No voy a mentir – no siempre es fácil. Me cuesta esconder mis sentimientos. Y esto fue especialmente cierto hace 20 años en un día que tengo muy presente en mi memoria.

El 25 de octubre de 1999 yo estaba almorzando en un restaurante en Westport, Connecticut cuando un mozo señaló una TV ubicada arriba del bar. “Qué tragedia tan terrible. Ese avión va a caer con un golfista famoso a bordo”. Inmediatamente fijamos la vista sobre la cobertura de un pequeño jet que estaba volando fuera de curso y en la que el periodista estaba especulando que todos los pasajeros estaban inconscientes.

Segundos más tarde recibí un llamado de un productor amigo de CBS News. Mi contacto tenía un infiltrado en la sala de prensa de ABC que le había dicho que uno de los ocupantes del avión posiblemente fuera Tiger Woods. Solo necesitaban confirmarlo. CBS no quería que le sacaran la primicia por lo que llamé a un amigo mío en IMG quien para ese entonces representaba a Tiger. Me aseguró que Tiger no estaba en ese avión.

Poco tiempo después el avión se quedó sin combustible y cayó sobre un campo de maíz en Dakota del Sur. Las noticias fueron devastadoras: el campeón reinante del U.S. Open Payne Stewart y cinco otros habían perdido la vida. No llevó mucho tiempo para recibir otro llamado del departamento de noticias pidiéndome que armara junto a Dan Rather un paquete que saldría al aire durante CBS Evening News. Dan iba a abrir el noticiero con la terrible historia y me pidieron si podía estar sentado junto a él en el estudio para presentar la historia acompañada de un par de opiniones.

Camino a Manhattan me debatía sobre cómo iba a poder controlarme al aire. Recordaba la primera vez que Payne y yo nos vimos, en 1979. Yo viajaba con el equipo de golf de la Universidad de Houston hacia el torneo de la Conferencia Southwest y Payne era una estrella en la Southern Methodist. Ese año el título individual había recaído sobre Payne y mi compañero de cuarto Fred Couples. Las reglas establecían que si había un empate tras 54 hoyos no habría playoff. Ambos jugadores serían declarados campeones. Pero había una condición importante: el ganador del SWC también recibiría una invitación al Colonial National Invitation del PGA Tour. De haber un empate, el honor se decidiría con un match entre las tarjetas desde el hoyo 18 hacia atrás.

Fred había llegado al hoyo final un golpe detrás de Payne. Si Fred hacía birdie en el par 5 – Payne había hecho par – lograría compartir el título y la invitación a Colonial. Fred llegó al green en dos e hizo el birdie. Estaba camino a Fort Worth.

O eso fue lo que pensamos. Fred decidió que debía darle una oportunidad a Payne para Colonial. “Él está en su último año, yo estoy en mi segundo año y tendré más oportunidades para clasificar”, dijo Fred. “Merece la oportunidad mediante un desempate”. Entonces se dirigieron al hoyo uno y Payne lo ganó con par. Payne estaba camino a Colonial.

Por supuesto ambos jugadores terminaron compitiendo en los escenarios más importantes del golf. En 1999 Payne estaba combatiendo una sequía de cuatro años sin títulos, liderando el AT&T Pebble Beach Pro-Am por un golpe llegado el domingo. Esa mañana lo encaré en el putting green y le pregunté sobre el nuevo putter que estaba usando. Me dijo, “toma, pruébalo tú mismo Jim”. Pegué un par de golpes tibios que no le gustaron a Payne. “No, alinea el putt hasta que no puedas ver la marca roja sobre la cabeza del putter”, me explicó. “Una vez que lo hagas, estarás alineándola derecho”. Aquí estaba él, a punto de pegar su golpe de salida y me estaba dando una clase.

Poco tiempo después de que empezara la ronda final cayó una tormenta que redujo el evento a 54 hoyos. Payne volvía al triunfo. Expresó su amor por su esposa Tracey y sus hijos Chelsea y Aaron. Estaba radiante. Cuatro meses más tarde ganó el icónico U.S. Open en Pinehurst. Cuatro meses después de eso había partido.

En estos días me pregunto dónde estaría Payne si no le hubieran robado la vida. No importa que hayan pasado 20 años. Sigue siendo imposible esconder los sentimientos.