Protagonistas Hace 8 meses

Zac Blair, movimientos nocturnos

Blair

Cuando empecé mi segundo año del colegio secundario mi amigo Denny Job y yo comenzamos a escaparnos al mediodía. Cada día había alguna apuesta genial en alguna parte de Salt Lake City. Se corría la voz sobre la ubicación del juego – Wingpointe, Valley View, Davis Park – y nosotros estaríamos allí. Juego de las plumas, partidos individuales y en equipos, con muchos buenos jugadores y gente preparada. No había demasiado en juego, pero sí para todos los gustos. Esos juegos me enseñaron mucho más que cómo embocar un putt de metro y medio cuando fuera necesario. Fue una educación avanzada en golf, finanzas, leer a la gente y manejar la presión. Cuando se trata de lograr una educación callejera, el golf está subestimado.


Hubo también juegos de putting que podían ponerse bastante oscuros. Literalmente. Yo tenía un panel de luces LED bien brillantes colocadas en el techo de mi camioneta específicamente para esos juegos. Mis ganancias costearon el panel LED, pero hubo noches duras. En una de ellas estábamos jugando el putt en un green hacia uno de esos hoyos de 7,5cms de miniatura que se pueden hacer en el green para practicar. Yo había ganado lo suficiente como para empezar a pagar 2 a 1 y así mantener en juego a los demás muchachos. Las probabilidades habían aumentado hasta el punto en que me iba a doler mucho si perdía – así que la presión era para todos. Jugando primero, arrimé un putt de 17 metros a un metro. Dos de los otros tres muchachos pegaron putts horribles, uno a 5 metros y el otro a 2,5 metros. El tercero la dejó igual de cerca que yo. De repente estaba frente a la posibilidad de ganar mil en ese único hoyo. Pero el muchacho que la había dejado a 5 metros embocó el putt, el que la había dejado a 2,5mts falló apenas y el tercero la embocó. Tratando de pegarle firme a mi putt de un metro dentro de ese hoyo de 7,5 centímetros, lo fallé. No solo eso, me había pasado dos metros y fallé el putt de vuelta. Dejé caer el manojo de billetes. Cuatro cifras. Mucha plata para un chico.


No soy un tipo grandote. Mido 1,70, probablemente sea el tipo más bajo del tour. Tampoco soy un fortachón. Solo pego 275 yardas de promedio con mi driver, algo decente para los aficionados que estén leyendo esto pero muy por debajo del promedio en el tour. Pero yo no creo que la distancia sea tan importante como dicen todo el tiempo. En algunas canchas es importante, seguro. Pero si me dan una cancha firme y rápida puedo estar a la par de cualquiera. Lo único que me preocupa es que los bombarderos que uno solía esperar que la desparramaran alguna que otra vez – Dustin Johnson y Jason Day por ejemplo – le están pegando más derecho. Eso podría ser un problema.


En el golf de aficionados había cierta ventaja si le pegabas corto. Pegarle primero al green y dejarla cerca, eso podía molestar a algunos. Pegar un hierro 3 al hoyo – yo sigo usando un hierro 3, dicho sea de paso – podría exasperar a los grandes pegadores que pensaban que te tenían bajo control. Pero en el PGA Tour los jugadores están menos obsesionados con la distancia de lo que uno supone. Incluso el buen impacto de pelota no los impresiona porque hay muchos que pueden pegarle bien. Los mejores profesionales parecen haberse dado cuenta de que lo importante es embocarla, y cuan lindo te veas haciéndolo es irrelevante. Nadie piensa que los jugadores como yo, que no le pegamos largo, no podemos ser peligrosos. No cometen ese error.


El golf ha sido mi vida desde que tengo 3 años. Mi papá, Jimmy Blair, jugó mucho en los campeonatos estatales donde se podía jugar en carro y yo le hacía de caddie. Me alzaba para depositarme en el asiento junto a él y mis pies no llegaban al suelo. Me llevaba hasta el green y hacía que le leyera putts. Por supuesto que yo no tenía ni idea. Pero cuando embocaba un putt – embocaba muchos – me decía “buena caída.” Le decía las yardas, le daba los palos, servicio completo. Todo completamente erróneo. Pero me hacía sentir que yo era indispensable. Siempre era “nosotros.”
Les digo cuán fabulosa fue mi niñez. Mi padre era el dueño de una instalación de golf llamada Mulligans, la cual consistía de una cancha ejecutiva de nueve hoyos, un driving range iluminado con 100 gateras, muchas de ellas con calefacción. Había una cancha de mini golf, un pro-shop y un bar. Cuando niño yo podía hacer lo que quería en el lugar. Golf gratis, pelotas gratis, equipamiento gratis, comida gratis. Cada palo nuevo que llegaba, yo podía probarlo. Y bien pasada la hora de cierre, las luces seguían encendidas para mí y para mi papá y mis amigos.


Blair

NO HAY CRIATURA MÁS FELIZ QUE UN CHICO DE 8 AÑOS CON ACCESO A UN CARRO DE GOLF.



No existe una criatura más feliz que un chico de 8 años con acceso a un carro de golf. Incluso caminando podía llegar a jugar 100 hoyos por día, desde las 6 a.m. hasta pasado el atardecer con algunos descansos para comer. Cuando niño tenía muchos amigos porque podían jugar gratis también. Era como despertarte en un parque de diversiones todos los días. No éramos ricos, pero en el pequeño mundo en que vivía, yo era millonario.


De hecho había dos predios Mulligans, uno al norte y el otro al sur de Salt Lake. Mi padre era una especie de genio para manejarlos. Había agua en juego en un hoyo solo, así que era casi imposible perder pelota. Era barato – $10 por nueve hoyos – y fácil de jugar. Se podía jugar nueve hoyos en menos de una hora. Se convirtió en un lugar popular para que los adolescentes fueran con sus novias/os – el mini golf es una cita increíble – y en las noches de semana la cola llegaba hasta afuera del predio. Económicamente era cuestión de volumen. En el pro-shop vendía y compraba equipamiento nuevo y usado, como una versión anterior a eBay y otras compañías de Internet. Era rápido, fácil, divertido y le ofrecía algo a cada persona. Una plantilla para el tipo de golf que necesitamos en la actualidad pero no vemos tan seguido.
Como a los Mulligans les iba bien, mi padre adquirió un cierto gusto. Cada año se compraba un nuevo Corvette color mostaza. Cuando se iba de la ciudad a jugar a algún lado, no siempre se llevaba el Corvette. A los 15, antes de tener el registro para manejar, empecé a conducir el auto a la escuela. Me dan escalofríos de solo pensar lo que podría haber pasado. Esto terminó un día cuando el director llamó a mi padre. “Jim, quiero que sepas que a Zac le está yendo bien en el colegio. ¿Pero podrías decirle que no conduzca tu auto hasta la escuela hasta que tenga registro?”


Algunas veces tenía que trabajar. Cuando mi papá jugó en el PGA Championship 2002 en Hazeltine, condujo hasta allí en nuestra casa rodante. Yo quería desesperadamente una Xbox para mantenerme entretenido pero él me dijo que tenía que ganármela. Era un problema, porque en ese momento no había muchas formas para que un chico de 11 años ganara dinero. Cuando salió a jugar una vuelta de práctica yo noté que había fanáticos gritando para conseguir un autógrafo de los jugadores que estaban cerca del clubhouse. Yo tenía una credencial que me permitía caminar dentro de las sogas y de repente se me prendió la luz. Le dije a un fanático, “Oye, ¿quieres un autógrafo de Sergio? Dame $20 y te lo consigo.” Conseguí el autógrafo, me pagaron y durante las siguientes tres horas puse la ley de oferta y demanda a trabajar. Cobré $30 por un autógrafo de Phil Mickelson – se empezó a molestar luego de mi quinto pedido – y cobré $50 por el producto dorado, Tiger Woods. Cuando mi papá completó los primeros nueve me vio corriendo con una gorra adicional en mis manos y me preguntó qué estaba haciendo. No le agradó que yo estuviera rascando autógrafos y hasta allí llegué. Pero esa noche le mostré mis ganancias —$250—y le recordé que un trato era un trato. Y me compró la Xbox.


Tiger era, y es, el hombre. ¿Recuerda el PGA 2000 en Valhalla, donde embocó ese putt en el desempate contra Bob May, la famosa caminata apuntando con el dedo? Yo estaba en primera fila. Había muchísimo púbico, pero ese domingo era mi 10mo cumpleaños y tenía el tamaño de un hurón. Tenía una técnica para deslizarme entre las piernas de la gente que era agresiva y a prueba de tontos. Estaba justo allí y la magia del momento fue tan poderosa. Colgué cuadros y afiches de Tiger por toda mi habitación. Vi un video VHS de Tiger todas las noches hasta que se gastó. Una gorra que me firmó – lo encaré temprano en esa semana – sigue expuesta en mi vitrina de trofeos.
Soñaba con poder jugar algún día con él.


El sueño de hizo realidad cuando me tocó jugar con Tiger en el Memorial 2015. Fue un día bizarro porque Tiger hizo 85, el peor score de su carrera profesional. Fue un poco duro de ver porque tuvo unas de las peores malas suertes que haya visto. En el hoyo 17 pegó este increíble golpe con un hierro que se dirigía a unos dos metros a la izquierda de la bandera pero le pegó a una ramita solitaria y cayó en el agua. Hubo algunos rebotes que indicaban que los dioses del golf estaban en su contra. Pero pegó algunos pocos golpes que no creo que alguien más pudiera pegar. En el hoyo dos, pegó una pelota altísima desde el profundo rough que voló por encima de un árbol y cayó muerta sobre el green. La velocidad y precisión de ese golpe y el sonido que hacían en general sus golpes buenos fue único. Todos los putts que jugó parecían que entraban, pero ninguno lo hizo. La mejor parte fue cómo lo sobrellevó. Me habló durante todo el día, sobre Utah, Chambers Bay, todo tipo de cosas. Mi veneración por Tiger no hizo sino elevarse ese día.


Mi papá siempre era muy positivo. “Algún día vas a estar en el PGA Tour,” solía decirme. “Eres especial. Tu puedes hacerlo.” Debe haber tenido sus momentos de duda sobre cuándo eventualmente yo pudiera estar en el nivel más alto profesional – él jugó en el PGA Tour durante un tiempo en la década del 80 y sabía cuán difícil era – pero nunca me lo dejó ver. Mi esposa Alicia y yo tendremos hijos algún día. Es así como los vamos a criar: completo positivismo. Hacerles creer que pueden hacer cualquier cosa.


Fue mi mamá, Cindy, quien pudo haber tenido el secreto. Mi primer recuerdo de ella es jugando a la mancha conmigo. Lanzar pelotas de fútbol y béisbol conmigo sin parar. El desarrollo temprano de la coordinación mano-ojo y aprender el movimiento básico del lanzamiento – el swing de golf decididamente tiene un lanzamiento incorporado – fue importantísimo. Ella me transmitió su atletismo. En Riviera, algunos de nosotros estábamos lanzando pelotas de fútbol americano.


También hubo amor duro de parte mi padre. Un año durante un torneo de menores lancé mi putter contra mi bolsa. Salió de entre el público y me sacó de la cancha. Luego de una discusión sobre cómo deben comportarse los campeones, me mandó de vuelta a que le hiciera de marker a los chicos contra los que estaba jugando. Era justo el toque perfecto de humillación.
Nunca más volví a lanzar mi putter así.


No lo he arrojado, pero decididamente lo he golpeado. En el Wells Fargo fallé un putt de metro y medio fácil. Le di un golpe a mi gorra con la vara, una de esas cosas que se hacen cuando fallas por poco. El putter como que llevaba impulso y me terminó pegando en la frente. Cuando fui a jugar el putt en el siguiente hoyo, noté que la vara estaba doblada. Busqué un oficial de reglas y efectivamente, me confirmó que ya no estaba derecho. Descalificación instantánea porque no se puede alterar un palo de esa forma. Eso fue algo vergonzoso ya que en realidad no estaba enojado. De aquí en más ni siquiera lo golpeo.


Rota, termina. Esas dos palabras me las repitió millones de veces mi papá. El swing es así de simple. Se lleva el palo hacia atrás en plano y se hace el swing a través en ese mismo plano, permitiendo que la cara del palo se encuadre mientras pasa por la pelota. El follow-through es un reflejo del backswing. Y durante todo el proceso mantienes la misma presión del grip. Nunca tensiones o aflojes tus manos. Rota, termina. Juegue mucho golf con esas dos palabras en mente y será un jugador discreto.


Es raro ver que los jugadores pelean más los últimos golpes que los primeros. ¿Por qué trataría el golpe número 14 de una vuelta como menos importante que el número 72 – o en su defecto el 80? ¿No valen todos lo mismo? Los grandes jugadores que son muy buenos bajo presión parecen saber esto.


En Utah hay un torneo de aficionados cada semana, o dos o tres, que puede jugar cualquiera que tenga handicap. Categorías gross y neto, una muy buena competencia, y la posibilidad de jugar canchas nuevas. Yo gané un montó de esos. Me daban un vale por $750 del pro-shop, el máximo de la USGA para los aficionados, y compraba pelotas de golf. Estaban apiladas hasta la altura de la cintura en mi habitación. Cuando mis amigos se quedaban sin pelotas, sabían a dónde ir para abastecerse.


Blair

ROTA, TERMINA. JUEGUE MUCHO GOLF CON ESAS DOS PALABRAS EN MENTE Y SERÁ UN JUGADOR DISCRETO.



Cada vez que menciono este tour de aficionados la gente piensa que es genial. Utah también tiene un tour solo para juniors. ¿Por qué no hacen lo mismo todas las asociaciones estatales? ¿Por qué mantener todo a nivel de clubes? Convierte a los jugadores de fin de semana en golfistas ultra fanáticos que terminan siendo grandes jugadores. Creo que es genial que Tony Finau, Scott Pinckney, Daniel Summerhays y yo hayamos salido del mismo programa en Utah, que solía considerarse una especie de cosa rural.


Un año, durante el Coral Canyon Amateur que duraba dos días, llegué con un handicap +3. Cancha difícil y como era enero todos estábamos algo fuera de juego. Anoté un seis bajo el par gross, par de cancha neto y gané la división neto. Estaba extrañamente emocionado por ganar la categoría neto. Mi papá no lo estaba. Cuando le conté por teléfono lo que había sucedido me dijo “Así que ahora nos dedicamos a los premios neto, ¿eh?”


Apenas después de terminar la universidad en BYU, y siendo todavía aficionado, empecé a escuchar acerca de estos grandes juegos de apuestas en Palm Springs. A mis amigos y a mí nos pasaron los números de teléfono de gente que buscaba algo de acción. Llenos de dinero por algunas apuestas en St. George, uno de mis amigos y yo nos fuimos hasta allá. Teníamos organizados partidos para cinco días. El primer partido que jugamos fue contra un tipo que nunca había escuchado nombrar y su compañera, una chica de aspecto común. O debería decir mujer, porque una vez que se acordaron las apuestas a $200 el hoyo con apuestas secundarias ella pasó de nenita inocente a viuda negra. No solo explotaba el driver lejísimo – jugaba desde los tees de atrás con nosotros – sino que también embocaba todo. Este partido se volvió una pesadilla enseguida. Al cabo de 11 hoyos, el joven iba siete menos con su pelota, la mujer tres menos con la de ella y nos estaban matando. Empezamos a presionar y desde allí se puso peor. Empezamos a apostar con otros jugadores también y al final del día parecíamos Jim Carrey en Tonto y Retonto, entregando puñados de billetes de $100 a extraños. Esa noche, luego de acordar que no deberíamos haber conducido toda la noche y presentarnos sin dormir a jugar una cancha que no conocíamos, mi amigo y yo nos pusimos las pilas. Descansamos y durante el transcurso de los siguientes días recuperamos nuestro dinero y algo más. No sentí lástima por esa mujer. De habérselo permito, nos habría quitado hasta los zapatos.


En un torneo del Web.com años atrás, hice un hoyo en uno. El hoyo estaba detrás de una loma que recorría el green y el único tipo que estaba sentado en una silla junto al green elevó los brazos para señalar que la pelota había entrado. El hombre no mostraba ninguna emoción. Cuando llegamos al green mi padre, que estaba caminando con nuestro grupo, le preguntó al hombre, “¿Había visto un hoyo en uno antes?” El señor le contesta, “No. El primero que veo en mi vida.” Mi papá le dice, “Bueno, son bastante infrecuentes. Debería emocionarse un poco más porque tal vez no vuelva a ver otro.” El hombre se encogió de hombros. Mientras estábamos parados en el siguiente tee, el primero de los muchachos en pegar hizo hoyo en uno en el mismo hoyo. Dos hoyos en uno seguidos. El señor sentado en la silla volvió a levantar la mano. Mi padre refunfuñó, “¿Para qué viene?”


Si me sigue en Twitter [@z_blair], verá que constantemente menciono al Buck Club. Durante años mi sueño fue construir una cancha de golf y un club tan distinguido como cualquier otro en los EE.UU. El Buck Club será ese lugar. Estamos cerca de asegurarnos una tierra increíble cerca de las montañas al este de Salt Lake City y estamos buscando un pequeño grupo de socios fundadores que quieran contribuir a la edificación o algo especial. Será un tipo de club diferente a cualquiera que esté a menos de 960 kilómetros. Un pequeño pro-shop. Un menú simple. Un bar pero sin restaurante. Caminar o ir en carro, su elección – los carros tendrán un puerto USB para cargar el celular. Unas instalaciones de práctica mortales. Estamos hablando del golf como les gusta a los verdaderos golfistas, un lugar divertido y relajado donde no lo arresten por usar la gorra bajo techo. Va a suceder, así que esté atento.


Antes del U.S. Open 2014 en Pinehurst, traté de organizar algún tipo de tributo. Le pedí a mi papá que si llegaba al domingo, que entrara dentro de las sogas en el hoyo 18 y me llevara la bolsa en el hoyo final durante el día del padre. No aceptó, suavemente al principio y luego firmemente. Estaba claro que no quería ser parte del show. Yo logré jugar el fin de semana y en el hoyo final de algún modo le había sacado unas 70 yardas a mi caddie y cuando me di vuelta para ver dónde estaba, ahí estaba mi papá, cargando mi pequeña bolsa. Se había cerrado el círculo.