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No arruinen este, es crucial que la USGA haga las cosas bien en Shinnecock

RAYMOND FLOYD, quien ganara el U.S. Open en Shinnecock Hills en 1986 y es un socio de hace mucho tiempo allí, llamó al director ejecutivo de la USGA Mike Davis poco después del Abierto del año pasado en Erin Hills. Al enfrentar las más de 7.800 yardas de Erin en fairways masivamente anchos – 60 yardas en algunos casos – los jugadores avanzaron con impunidad cuando los vientos típicos no se hicieron presentes. En la vuelta final, el ganador Brooks Koepka pegó 379 yardas con su golpe de salida en el hoyo 18 – con una madera 3. Floyd, un observador cercano de una Shinnecock Hills que en años recientes se ha vuelto considerablemente más ancha que en los Abiertos jugados en el 86, 95 y 2004 – y planean dejarla así para 2018 – estaba espantado. ▶ “Le dije, ‘Mike, necesitamos tener una charla’ ”, recuerda Floyd, a los 75 años retirado pero todavía influyente. “Le pregunté, ‘¿Estabas contento [con el ancho de los fairways] en Erin Hills? No creo que lo estuvieras’. Mike me dijo que no lo estuvo en absoluto. Le dije, ‘Bueno, será como si Shinnecock estuviera bajo el efecto de esteroides ya que no se mueve ni fluye tanto. Está completamente abierta y hemos tenido tres muy buenos U.S. Opens aquí con la cancha angosta y cerrada’ ”. ▶ ▶ ▶

EL PAR 4, HOYO 10, AHORA UN POCO MÁS LARGO DE 415 YARDAS, FUE EL HOYO MÁS DIFÍCIL EN LA VUELTA FINAL DEL ABIERTO 2004, CUANDO LOS JUGADORES PROMEDIARON 5,03 GOLPES.

El alerta de Floyd, combinado con conversaciones que Davis tuvo con personas inteligentes en golf, debe haber hecho sonar todas las alarmas internas. Su reacción, expresada en acciones más que en palabras, fue casi inmediata. A las pocas semanas la USGA comenzó a realizar alteraciones dramáticas a Shinnecock Hills. Fue bastante inusual ya que los cambios se llevaron a cabo muy cerca del campeonato y no mucho tiempo después de que hubiera concluido la restauración de tres años realizada por Bill Coore-Ben Crenshaw que había sido satisfactoria tanto para la USGA como para Shinnecock.
El cuento de lo que sucedió y por qué ilustra el deseo de la USGA de actuar en respuesta ante el carácter cambiante del golf moderno. También apunta hacia la necesidad que tiene la USGA de que este U.S. Open salga bien. Golpeados por una larga lista de controversias y pasos en falso en los Abiertos de los Estados Unidos, su liderazgo en el frente de equipamiento constantemente cuestionado y con ojos críticos puestos sobre la modernización de las Reglas de Golf que entrarán en vigencia en 2019, es vital que los oficiales de la USGA organicen un campeonato nacional que sea recordado por las razones adecuadas. Dicho lisa y llanamente, es importante que no arruinen este.
El regreso a Shinnecock Hills intensifica la urgencia. Este U.S. Open no es un experimento arriesgado y alegre como fuera el caso cuando el U.S. Open se trasladó a Bethpage, una cancha pública en 2002. No es un esfuerzo por demostrar que una cancha histórica pero corta puede ser sede de un U.S. Open, la letra chica clave cuando se jugó en Merion en 2013. Tampoco es un esfuerzo populista para llevar al U.S. Open a localidades y canchas nuevas, como fuera el caso con Chambers Bay en 2015 y Erin Hills el año pasado. Shinnecock Hills es una gran cancha, terreno sagrado no solo para la USGA sino también para alumnos del golf y entidades que la USGA necesita tener de su lado. Y no dejan de ser importantes los intereses comerciales, incluyendo a Fox Sports, ahora en su cuarto año de televisación del U.S. Open. Sin olvidar los sucesos de un mini desastre en Shinnecock durante su última vez como anfitrión en 2004, este es el último lugar donde un grave paso en falso dé como resultado la frase a la ligera de la USGA, “Nos merecemos un bogey por eso”.

EL GREEN DEL HOYO 11, 159 YARDAS, CON LOS TEES DEL HOYO 12, 469 YARDAS, A LA IZQUIERDA.

UN PASADO GLORIOSO, PERO UN TRASPIÉ EN 2004
Incomparable como prueba para un U.S. Open, Shinnecock es uno de los cinco clubes miembros fundadores de la USGA. Abrió en 1891, y en 1896 allí se jugó el segundo U.S. Open de la historia. Sus primeros diseños fueron remodelados por completo por William Flynn en 1931. Después de muchas décadas en las que fue considerado una gema escondida pero respetada – el club se abre por temporadas, repleto de riquezas pero sin tener una ambición en particular para estar en el candelero – Shinnecock irrumpió en la prominencia en el U.S. Open 1986, donde Floyd triunfó ante un púbico nacional y local entusiasmado. El campeonato regresó en 1995 con un Corey Pavin ganador, y una vez más en 2004 cuando Retief Goosen prevaleció sobre Phil Mickelson. El torneo de 2004 se manchó debido a las condiciones horrorosas de los greens duros como piedras durante la vuelta final, un error perpetuado por la USGA que Pavin llama “un mini desastre, tal vez uno mayor”. Pero Shinnecock salió ileso. La edición 2017-2018 del ranking de las 100 mejores canchas de los Estados Unidos de Golf Digest la ubica solo detrás de Pine Valley, Augusta National y Cypress Point.
Shinnecock es única. Juega par 70, en su mejor estado está desnuda, mayormente expuesta y un tanto salvaje, en medio del verano tiene un color dorado y verde pálido que retrotrae al golf junto al mar en su versión más original. Sus fairways, no hay dos que sean paralelos, son una mezcla de pistas chatas y curvas y montañas rusas sutiles. Sus muchos bunkers, algunos ubicados para darle belleza pero la mayoría colocados estratégicamente, son un tanto diabólicos. La cancha tiene base arenosa y rebota mucho, es naturalmente rápida y firme y casi siempre está golpeada por el viento. Sus cuatro pares 4 son asombrosamente distintos. Como prueba para un U.S. Open es descabelladamente difícil pero justa. Mirándola desde el increíble clubhouse Stanford White, que evoca imágenes de una historia de golf de P.G. Wodehouse, se ve una cancha que es irregular en sus bordes, pero pura en su interior. Todo en ella emite una especie de opulencia frugal, bastante parecida a los individuos del legado del viejo mundo que uno podría encontrar en la parte este de Long Island en Nueva York. El diseño, atemporal y malvadamente creativo, desafía los intentos de los jugadores por abrumarla. Sálgase de línea y Shinnecock, al igual que un director de escuela parroquial de 1890, le pegará en los nudillos con una regla.
Pavin, su lenguaje tan inventivo como sus golpes, denomina al aspecto, “Shinnecockiano. . . . Es diferente en la manera en que se ve y juega. En 1995 había apenas suficiente humedad para darle un color levemente verdoso. Yo había jugador muchas canchas para ese entonces y había visto muchas canchas que era algo Shinnecockianas, pero no existe otra como Shinnecock.” ▶

EL PAR 5, HOYO 16, FUE EL HOYO MÁS FÁCIL EN EL U.S. OPEN 2004 (PROMEDIO DE GOLPES 4,803), PERO HOY TIENE 616 YARDAS CONTRA 540 YARDAS DE ENTONCES.

LOS CAMBIOS AGREGAN 449 YARDAS
Al igual que todas las canchas de esa edad, Shinnecock requirió actualizaciones y mejoras. El trabajo más dramático se hizo a comienzos de 2012, cuando Coore y Crenshaw fueron convocados para llevar a cabo la restauración que el club sentía que era necesaria para mantener la cancha fiel al diseño de Flynn. Con el monitoreo de cerca tanto de la USGA como de los miembros del directorio de Shinnecock, Coore recuperó líneas y ángulos de los fairways agregando 10 tees nuevos, elegidos por Mike Davis. Los bunkers y otras características de Flynn que se habían vuelto obsoletas debido al aumento en las distancias con el driver fueron puestos nuevamente en juego. Los tees en los hoyos 2, 3, 4, 5, 6, 9, 10, 14, 16 y 18, estiró la distancia de campeonato a 7,445 yardas, bastante más que las 6.996 yardas en 2004. Se retiraron árboles y arbustos pequeños, haciendo que el terreno abierto tuviera todavía más aire. Se agrandaron todos los greens manteniendo intactos los contornos originales, pero las formas se parecieron más a los greens de Flynn según algunas fotos aéreas de 1938.

‘LOS TEES NUEVOS ESTABAN TAN ATRÁS QUE EN UN PRIMER MOMENTO NO SUPE A QUE HOYO PERTENECÍAN.’

“Yo no la llamaría restauración”, dice Coore. “Hicimos unos cambios muy menores, lejos de lo que hicimos en Pinehurst, Maidstone y Old Town. Básicamente pulimos, tratamos de que las alineaciones funcionaran bien desde los tees. Sí hicimos un trabajo considerable en el costado derecho del par 4, hoyo 6. Es un punto bajo y la vegetación en esa zona se había vuelto prohibitivamente densa. La renovamos para darle un carácter más arenoso. Pero para ser honestos, no creo que seamos ni siquiera una nota al pie de página de la historia de este lugar”.
El resumen con perfil bajo de Coore es comprensible en vista de lo que vino a continuación. Después de que Davis hablara con Floyd y otros individuos conocedores de golf que él prefiere no mencionar, se procedió a angostar sustancialmente los fairways, en términos golfísticos, casi de la noche a la mañana. Bajo la supervisión del superintendente de Shinnecock, Jon Jennings, un equipo de 75 trabajadores que trabajaron 15 horas diarias desde el 17 al 25 de septiembre, removieron aproximadamente 18.580 metros cuadrados de césped – casi 2 hectáreas – de los márgenes de los fairways y los reemplazaron con tiras de pasto festuca recolectadas de la cancha par 3 de Shinnecock y áreas sin uso de la cancha principal. También se la sembró con una cepa de festuca lo más parecida a la de Shinnecock que pudieron encontrar. Las zonas objetivo para angostar eran las probables zonas de llegada con el driver de los pros, 275 a 325 yardas desde los tees en los hoyos más largos. Para el U.S. Open del 14 al 17 de junio, los fairways hacen la transición hacia una franja de festuca fina seguida de un pasto salvaje – la festuca que llega a la altura de las rodillas y el pasto Andropogon gerardii.
Fue un ajuste bastante importante y Davis reconoce que lo que vio en Wisconsin en junio pasado jugó un rol importante en la decisión. “¿Nos influyó Erin Hills? Totalmente”, dice. “Fuimos a Erin Hills anticipando viento y con la firmeza del lugar sentimos que teníamos que presentar más amplitud para que los jugadores pudieran dejar la pelota en el fairway. Mirando atrás, no había tanto premio para la precisión”.
Davis dice que angostar no es especialmente draconiano. “El ancho promedio de los fairways [en Shinnecock] en 2004 fue de 26,6 yardas, el más angosto tenía 25 yardas, el más ancho 30 yardas,” dice. “El promedio ahora es de 41,6 yardas. Esas son 16 yardas más de ancho, casi un 50 por ciento completo. Por otra parte, es sustancialmente más angosto que lo que tenían Bill Coore y el club. Sentimos que si no lo angostábamos un poco, el único elemento que no iba a tener la cancha era precisión. Solo voy a aclarar que va a ser la versión más amplia de los U.S. Opens en Shinnecock.”
Coore dice que el achicamiento de Davis no fue una reprimenda a su trabajo previo. “No lo veo como algo negativo para nada”, dice. “Creo que no hay duda de que los últimos U.S. Opens le mostraron a Mike algunas cosas que los hicieron sentir que eran necesarios algunos cambios. El golf es una curva de aprendizaje que nunca se detiene.”
El par 4, hoyo 18 donde Pavin se aseguró el título en 1995 después del golpe al green con la madera 4, puede ser el mejor ejemplo de cómo ha evolucionado el ancho de Shinnecock. En una caminata por la cancha realizada el otoño pasado, Jeff Hall, el director de reglas y campeonatos de la USGA dijo que el fairway en 2004 tenía 30 yardas de ancho. Luego de la renovación de Coore-Crenshaw, pegó un salto a 52. Hoy está en 42. Dijo Davis: “Una persona informada podría decir que todavía es demasiado ancho. El tiempo dirá, pero dado lo que se sabe sobre el clima y las experiencias a lo largo de los años, debería ser una prueba de golf increíble”.
El estrechamiento es solo uno de varios pasos que la USGA y el club han tomado que parecen hacer de Shinnecock un lugar inmune a los errores de las preparaciones de la cancha. Las 449 yardas adicionales, combinadas con el estrechamiento, son armas poderosas que evitarán que los pegadores más largos sometan a la cancha – el miedo de Floyd.
“Yo jugué Shinnecock con un socio hace un par de años y los tees nuevos estaban tan atrás que en un primer momento no supe a qué hoyo pertenecían,” dice David Eger, el ex director sénior de reglas y competencias de la USGA para el U.S. Open 1995. “Créame, la cancha es bastante larga.” El rough, según Davis, tendrá diez centímetros de alto, “Eso no me preocupa”, dice.
Y luego están los complejos de los greens, la fuente de pesadillas en 2004. A pesar de que la cancha ya estaba al borde ese año, pasaron el rodillo a los greens el sábado en la noche, no los regaron y, con el viento seco que apareció el domingo desde el noroeste – el viento prevaleciente viene del Océano Atlántico desde el sudeste – varios greens se les fueron de las manos. “Recuerdo haber pegado un pitch corto en el primer hoyo ese año”, dice Pavin. “Le pegué limpio y sin embargo la pelota pegó un rebote enorme para terminar yéndose por el fondo del green. Fue alarmante.”

SHINNECOCK TIENE 7.445 YARDAS, UN INCREMENTO DE LAS 6.996 QUE TENÍA EN 2004, PERO DESPUÉS DEL U.S. OPEN DEL AÑO PASADO, LOS FAIRWAYS FUERON ANGOSTADOS TODAVÍA MÁS.
‘APRENDIMOS DEL PEOR MODO [SHINNECOCK EN 2004] Y NO FUE AGRADABLE… NUESTRA VERSIÓN DE GRASSY KNOLL’.

El más notorio fue el green del hoyo 7 de 189 yardas. Menos de un golpe entre cinco se quedaba en el green. Los dos primeros jugadores en pasar, J.J. Henry y Kevin Stadler, anotaron ambos un triple bogey. Billy Mayfair, en la segunda salida, se fue al bunker jugando el putt. La USGA empezó a regar manualmente los greens entre grupos, la primera vez que hacía algo así para permitir que el juego continuara. Esto fue visto como injusto para los que habían salido temprano y habían sufrido las peores condiciones. El rociado manual de los greens se ha hecho para mantener su salud (el ex director ejecutivo de la USGA David Fay apunta a Southern Hills en 2001). Pero por el mero hecho de permitir que la competencia continúe, no.
“Ese fue el clímax del metejón de la USGA con lo firme y rápido”, dice Fay, quien en 2004 tenía el puesto que ahora tiene Davis. “Aprendimos que no había límites para lo rápido y firme. Lo aprendimos del peor modo, y no fue agradable. Hubo muchos dedos acusadores, nuestra versión de Grassy Knoll.”
No es que no hubiera lugar para un poco de humor negro. En el tee del siete, Fred Funk y su caddie Mark Long, vieron como Mickelson jugó deliberadamente hacia un bunker al costado del green, el cual, increíblemente brindaba la mejor oportunidad para hacer par. “Le dije a Fred, ‘Ese es decididamente el golpe que hay que jugar’ ”, recuerda Long. Funk estuvo de acuerdo, pero mientras se preparaba para pegar, volvió a la bolsa. “Fred susurró, ‘Simplemente no puedo obligarme a apuntar a la arena en un par 3’ ”, dice Long. Funk terminó jugando el hoyo de manera convencional e hizo doble bogey. Mickelson, luego de jugar el más simple de los tiros desde el bunker, hizo par.
Pero no solo eran los greens. Los golpes cortos en el par 4, hoyo 10, rodaban de manera absurda hacia el fairway, una mala caricatura del hoyo nueve de Augusta. El caddie de uno de los que peleaban la punta ese día recuerda a su jugador tratando de clavar el tee en la cancha de práctica y el tee que se partía a la mitad. “Él dijo, ‘Uno sabe que está en problemas cuando pierde el control en la práctica’ ”, se ríe el caddie.
No es imposible que en la actualidad ocurra un desastre en la preparación de la cancha como ese. El green del siete, como todo en Shinnecock, es más grande hoy, permitiendo ubicaciones de bandera desafiantes pero pocas que lleven al apocalipsis, como ocurrió allí en 2004 al igual que en el green del 18 en Olympic en 1998 y la mala elección en el 18 de Southern Hills en 2001 (también ganado por Goosen). “Históricamente los problemas casi siempre pueden rastrearse hasta la posición de las banderas”, dice Fay. “Dada la elección, probablemente sea mejor optar por la ubicación que sea más benigna. Nadie pasará a la historia de la infamia por elegir una posición irrelevante … es un umbral extraño, pero uno debería evitar cortar un hoyo que pueda terminar en un video. Las redes sociales no siempre son amables en ese sentido”.
No pasa desapercibido para Eger que algunas personas de hecho quiere que la preparación de la cancha traspase los límites. “Tres facciones esperan los errores”, dice. “Los jugadores, que no están familiarizados con los oficiales de reglas, los voluntarios y el personal, tienen un ojo sensible para las cosas que no se hacen bien. Siempre se enojan por algo; solo es cuestión del nivel de ruido. Están los medios, quienes de hecho esperan que algo salga mal para tener de qué escribir. Y entonces está el público. En general les gusta ver que los jugadores la pasen mal, que la cancha los maltrate como les pasa a ellos en sus canchas.”
Pero también hay otros salvaguardas en lugar. Si bien la mayoría de los greens de Shinnecock tendrán zonas de recolección parecidas a las de Pinehurst, el green del siete y otros tres (3, 8 y 12) tendrán collares de altura moderada para evitar que las pelotas rueden hacia lo bunkers y otras instancias alocadas donde los castigos sean más graves que el crimen.
Tal vez lo más importante, las prácticas de agronomía y mantenimiento han avanzado potencialmente desde 2004. El advenimiento del dispositivo TruFirm que mide la firmeza, otro instrumento que mide la humedad del suelo y todavía otro más que rastrea la evaporación, son herramientas destacables. Estas, en combinación con un mejor pronóstico del clima le permitirán al superintendente Jennings, ya reconocido como un mago, y a Darin Bevard, el director de agronomía de campeonatos de la USGA, controlar las condiciones con precisión.
Pero Shinnecock no es Augusta National, quien tiene un conocimiento y control de la cancha mucho más íntimo de lo que tiene la USGA como visitante. Davis dijo en un momento de nuestra conversación, “Nosotros no somos dueños de la cancha y ciertamente no somos arquitectos”. Pero la ciencia, conjuntamente con la experiencia y la sólida relación de trabajo con Shinnecock establecida desde que se anunciara el U.S. Open 2018 en 2011, debería asegurar un pasaje seguro.

‘¿NOS INFLUYÓ ERIN HILLS? TOTALMENTE… NO HABÍA TANTO PREMIO PARA LA PRECISIÓN’.

¿Algo podría salir mal? Por supuesto. La administración de las reglas deberá ser expeditiva y precisa ante la eventualidad de un episodio extraño como el de la pelota de Dustin Johnson que se movió sobre el green mientras él se preparaba para jugar el putt en Oakmont en 2016. A Johnson le aplicaron un golpe de penalidad porque se consideró que él había causado el movimiento de la pelota, algo que bajo las nuevas reglas ahora en efecto, no hubiera tenido ninguna penalidad. No fue solo la aparente subjetividad del tema lo que causó revuelo, sino la incertidumbre del oficial de la USGA y su demora en aplicarla. ¿Podrían ser más eficaces para administrar las penalidades ahora? La USGA y Shinnecock también necesitan estar al tanto de las áreas que podrían acechar como puntos de conflictos, tales como el bunker antiguo y estilo zona de transición que se encuentra corto y a la izquierda del green del par 5 del hoyo cinco. Una foto del mismo indica que no es ni pez ni presa, hablando de bunkers. Una vez más viene a la mente Dustin Johnson, con ese horrible momento en el hoyo final de Whistling Straits en el PGA Championship 2010. ¿Cómo manejar las amenazas climáticas si llegara a venir una tormenta eléctrica fea? Ahí también podemos recordar el U.S. Open 1991 en Hazeltine, cuando un espectador falleció al ser alcanzado por un rayo.
Todos estos temas no parecen haber afectado mucho a Davis, quien ha estado en la USGA en distintos cargos desde 1990. Parece estar exaltado por el regreso a Shinnecock. “No siento tensión porque todo salga perfecto”, dice. “Soy completamente honesto en eso. Estas grandes canchas de golf son como niños. Los amo a todos, pero confieso tener un cariño especial por esta. Me encanta la historia y la arquitectura de Shinnecock y ruego porque cualquier cosa que haya pasado en 2004 haya quedado atrás”.
Cuando se le presenta la idea de que un error de cualquier tipo en Shinnecock podría afectar a la USGA en otras áreas que supervisa – reglas y equipamiento como las de más alto perfil – Davis dijo, “Si hacemos muy bien las cosas aquí, puede tener un efecto positivo en cuán bien hacemos las cosas en otras áreas. Por el contrario, si fallamos en el área de gobernabilidad, deslucirá lo que hacemos en nuestros campeonatos. Nuestra misión – y nuestro norte – es mejorar el golf.”
En un mundo perfecto, vemos una conclusión inolvidable del U.S. Open en la gran Shinnecock Hills, sellada tal vez con una llamada de Davis a Raymond Floyd el domingo y con el saludo, “¿Cómo lo hicimos?” sabiendo de antemano que la respuesta será un cálido, “Bien hecho.”