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Shinnecock es maravillosa, pero tiene mucha compañía

Shinnecock
Con la, quizás, excepción de la Península de Monterrey en California, hogar de Pebble Beach, Cypress Point, Spyglass y otras, no existe una concentración mayor de gran golf en el mundo que en el extremo este de Long Island en Nueva York.

Shinnecock Hills, anfitriona este verano del U.S. Open, está cuarta en el ranking Golf Digest de las Mejores 100 canchas de golf de los Estados Unidos. Hay otras cuatro canchas dentro de las 100 mejores a menos de 32 kilómetros:

National Golf Links (Nro. 8) y Sebonack (Nro. 41), que están al lado de Shinnecock, además de Friar’s Head (Nro. 19) y Maidstone (Nro. 72). Si agregamos a Southampton, un lindo diseño de 1925 de Seth Raynor que también limita con Shinnecock y un puñado de recién llegadas extraordinarias, se tiene una vida de canchas fabulosas para jugar.
Excepto, claro está, que probablemente no pueda hacerlo porque casi seguro no podrá ingresar.

PARA AQUELLOS QUE TIENEN ACCESO, EL GOLF ES UN ANTÍDOTO Y NO EL APOTEOSIS DEL AMBIENTE AGITADO DE LOS HAMPTONS.

Casi todo el golf en los Hamptons, como se lo conoce a ese diminuto estrecho frente al mar de Long Island, es privado. Y no el típico privado, sino del tipo de mucho dinero, muy importante y sangre azul. La riqueza extravagante, la fama y el poder son factores tan distorsionados en los Hamptons – donde alquilar una casa durante el verano puede costar $1 millón y las Kardashians se codean con senadores y magnates – que requiere de un esfuerzo extremo para apartar al golf de la ostentación.

El ideal del golf en los Hamptons no es el exceso estilo Trump (sin fuentes por favor), sino el modelo Shinnecock de una perfección sutil. Para aquellos que tienen acceso, el golf es el antídoto y no el apoteosis del ambiente agitado de los Hamptons.

Esto requiere dinero. No hay manera de esquivarlo en los Hamptons. Pero ese dinero, en gran medida, no compra la ostentación ni esnobismo; compra tranquilidad, aislamiento y vistas majestuosas.

The Bridge, el cual abrió sus puertas en 2002 y es uno de los clubes más nuevos en los Hamptons, tiene una cuota de ingreso de cerca de $1 millón. Y sin embargo está lejos de ser un club tradicional. No solo está permitido usar jeans, shorts cargo o la gorra dada vuelta, sino que es sugerido, por así decirlo. El clubhouse de estilo moderno y paredes de vidrio parece una turbina descontrolada. Las vistas más espectaculares de la cancha de Rees Jones y de la Bahía Pecónica no son desde el comedor sino desde los grandes vestuarios, porque es allí donde suelen pasar más tiempo los socios.

Incluso en Shinnecock, el más antiguo (1891) y más alfa entre los clubes de golf de los Hamptons, la atmósfera es relajada y modesta. El clubhouse diseñado por Stanford White, emplazado sobre el green del hoyo nueve con vistas panorámicas de la cancha, la Bahía Pecónica y el Atlántico, está conservado maravillosamente, pero los visitantes que llegan ahí por primera vez suelen sorprenderse porque no es más … elegante. Los pisos de madera, los salones más bien pequeños y los porches que envuelven al edificio son reminiscentes de otra época que nadie en el club tiene intención de adornar.

El golf femenino es bastante activo en Shinnecock y en años recientes el club ha invitado a unirse a más gente local. ¿El criterio principal? El amor por el golf. Entre los socios se encuentran Raymond Floyd, quien ganara el U.S. Open 1986 allí y que recientemente pusiera su casa de Southampton a la venta por $17,5 millones y el co-fundador de Pink Floyd Roger Waters, quien dicen que juega dos veces a la semana.

Si Shinnecock, a fuerza de su cancha e historial de campeonatos, es el club alfa en los Hamptons, National y Maidstone son betas cercanos. “The National”, como lo llaman sus socios, abrió sus puertas en 1911 con hoyos diseñados por Charles B. Macdonald en honor a los hoyos más distintivos en Gran Bretaña. Muchas sino todas las copias ahora superan a los originales en calidad de juego y detalles de estrategia; la delicia de una vuelta en National es la variedad inagotable de desafíos. La membrecía de National, que ahora incluye a (algunas) mujeres, está un poco más orientada nacionalmente que Shinnecock. Son pocas las veces que la cancha está llena pero se permite el juego a visitas sin acompañante y las empresas financieras con lazos con el club algunas veces llevan grupos de cuatro o cinco foursomes.

Como cancha de golf Maidstone no recibe el mismo respeto de Shinnecock y National, pero una renovación en 2012 por parte de Bill Coore y Ben Crenshaw restauró magníficamente los valores de los golpes y la estética rugosa del diseño original de 1924 de Willie Park Jr. y su hermano Jack. Ubicada a 27 kilómetros de Shinnecock y directamente sobre la playa, Maidstone tiene uno de los pocos hoyos links genuinos en Norte América. “So tuviera que elegir una cancha para jugar y caminar por el resto de mi vida, sería National o Maidstone”, dice Rod Aboff, un handicap de una cifra que creció y todavía vive en Long Island y ha jugado canchas en todo el mundo, “pero probablemente me decida por Maidstone. Los hoyos a lo largo del océano son increíbles, pero también lo son los otros que corren a lo largo de las fuentes de agua tierra adentro.”

Maidstone es conocida como la cancha de más sangre azul entre las de los Hamptons, pero ese azul es tenido en cuenta en primera instancia por la conexión de larga data que tiene con la comunidad de East Hampton más que con un pedigree estricto y social. (Chevy Chase es socio, saquen sus conclusiones.) A diferencia de Shinnecock y National, Maidstone es un club familiar con todos los servicios, con una gran piscina y docenas de cabañas privadas sobre la playa que, como las acciones del club, pasan como herencias entre una y otra generación.

El Golf en los Hamptons no solo es privado. Es privado del tipo de mucho dinero, muy importante y sangre azul.

Luego de que en la década del 80 fluyera bastante dinero, los recién llegados comenzaron a construir clubes propios costosos y de gran nivel: Atlantic (1992, cancha diseño Rees Jones), East Hampton (2000, Coore y Crenshaw) y Sebonack (2006, Tom Doak y Jack Nicklaus). La sublime Friar’s Head (2002, Coore y Crenshaw), con hoyos que se extienden hacia el risco con vistas a Long Island Sound, no es técnicamente los Hamptons, pero está al lado. Sus valores de la vieja escuela – prohibidos los dispositivos medidores de distancia, las yardas de los hoyos no se imprimen en la tarjeta – lleva a la visión purista mundial del golf en los Hamptons al extremo.

Sebonack es otro club que requiere $1 millón para asociarse, pero la multitud de cabañas de cuatro dormitorios en la propiedad ayudan a que los socios que no son de la zona cubran los costos; no tienen que tener sí o sí una casa propia de $30 millones en los Hamptons.

Habría que hacer hincapié en que los clubes más antiguos, con tierras y clubhouses ya pagados en su totalidad, solo recientemente han alcanzado o traspasado el hito de seis cifras como cuota de ingreso; poder entrar es la parte difícil, no juntar el dinero.

Para aquellos que todavía aspiran a ser socios de un club de golf en los Hamptons, o que andan por la zona, está Poxabogue, el siempre lleno driving range ubicado sobre la ruta principal con una cancha de nueve hoyos par 30 en la parte de atrás. El tránsito durante el verano en los Hamptons está tan congestionado que algunas veces se pueden encontrar a los socios de los mencionados clubes privados pegando pelotas allí, para evitar la interminable manejada hasta sus clubes.

Por lejos la mejor opción pública es Montauk Downs en el extremo de South Fork. Rediseñada en 1968 por Robert Trent Jones Sr., con la ayuda y posteriores actualizaciones de su hijo Rees, la cancha azotada por el viento es un valioso desafío con bunkers estupendos. Además, si usted es miembro del Estado de Nueva York (es decir, si es residente) califica para los green fees a mitad de precio y otras ventajas cuando hace la reserva. ¿Quién dijo que no pertenece a los Hamptons?