Protagonistas Hace 1 mes

68 años más tarde Royal Portrush e Irlanda del Norte tienen una segunda oportunidad

El hoyo 5 de 374 yardas, Rocas Blancas.

Llegar a Royal Portrush desde el camino costero Antrim en Irlanda del Norte es encontrar un tipo de golf de un pueblo mágico devenido en “Game of Thrones”. Las ruinas del Castillo Dunluce – utilizado como el Castillo Greyjoy en GOT – datan del siglo 16 y miran los acantilados de The Whiterocks hasta un pueblo junto al mar que fue un pueblo resort antes de que los autos tuvieran acceso a él. Entre esa tierra y el castillo yacen dunas que ruedan como un mar con malas intenciones. Este lugar es tan natural para el golf que han estado jugando este deporte desde 1880. La gran cancha antigua recibe su nombre de Dunluce y, al igual que el castillo, sus hoyos ahora parecen respirar con un vigor renovado, amenazantes y majestuosos, bestia y belleza, terror y deleite. Como el castillo, parecería que la cancha está por caerse al mar. El castillo no sobrevivió. Los links, por suerte, sí.

Royal Portrush dio un paso al frente para recibir el Open Championship 148 del 18-21 de julio, un lugar adecuado para una sede que en la actualidad aparece consistentemente ranqueada entre las mejores del mundo.
Parece mentira que hubiera un tiempo en el que Royal Portrush, aunque siempre fue bien considerada por casi un siglo, se perdió de vista. Localizada en una tierra destrozada durante tres décadas de violencia conocida como El Conflicto de Irlanda del Norte, Royal Portrush nunca estuvo demasiado cerca de las tensiones entre católicos y protestantes, pero tampoco tan lejos. Si bien El Conflicto fue en gran medida el motivo por el que Irlanda del Norte no estuvo en la discusión para el Open Championship durante toda una vida, la única cancha que alguna vez fue parte de esa discusión es la magnífica Dunluce Links de Portrush. Fue sede del Open en 1951, la única vez que antes o después de eso el Open no se jugó en Escocia o Inglaterra. Ni posible ni práctica durante generaciones, Royal Portrush ahora está lista para reconfirmar sus calificaciones mientras Irlanda del Norte ordena mostrar su poesía, no sus peligros.
Existe un motivo por el que la carrera hacia el Open en Portrush incluye un documental digno de un premio BAFTA para promover la región a turistas. Titulado “Hemos recorrido un largo camino”, contiene la estrofa No hay otro lugar como este/la elegancia del paisaje refresca/la calidez de la gente renueva . . .

Transformación
Royal Portrush la tiene clara. Como pasaron 33 años entre eventos de golf internacionales destacados en los que fue sede (el Amateur en 1960 y el Amateur en 1993), Portrush deambuló un poco en la oscuridad sin siquiera encontrarse a sí misma en alguno de los rankings de las mejores canchas de golf del mundo en la década de los 80. En ese entonces era raro ver a un estadounidense jugando en esa cancha cuando el green fee era USD$12. Ahora los fees son más de 20 veces ese monto y los pedidos de reservas son contestados no con “¿qué mes?” sino “¿qué año?”
La sede ha sido transformada de la manera más dramática y sencilla a la vez. De hecho, nombre otra cancha en el mundo que haya decidido extirpar sus hoyos 17 y 18 y terminara siendo mejor. Y sin embargo eso fue precisamente lo que hizo Royal Portrush para convencer a la R&A de traer el Open de vuelta. Lo que podría haber sido una revolución arquitectónica en canchas de golf en realidad parece el tipo de adaptaciones que podrían haber estado en la mente de Harry Colt, el arquitecto responsable del primer rediseño de la cancha en la década del 30. (El Viejo Tom Morris suele recibir el crédito original, si bien gran parte del trazado original estaba en una propiedad levemente diferente.)
Bajo la guía del arquitecto de canchas de golf Martin Ebert, quien con Tom Mackenzie constituyen el equipo Mackenzie & Ebert que asesora a seis de las 10 sedes actuales del Open, la Nueva Royal Portrush proyecta la misma impenetrabilidad que la Royal Portrush que fuera sede del Open Championship casi siete décadas atrás, cuando 69 scores fueron 80 o peor. Francamente eso se debe a que los 16 hoyos que sobrevivieron, si bien fueron alargados, se parecen mucho a cómo eran en ese entonces. Lo que queda es una cancha con ángulos y opciones, caracterizada por ocho doglegs que giran en el sentido de casi todas las agujas de su brújula. Las líneas difíciles pero claras de la cancha, en medio de vistas ocasionales que pueden prolongarse hasta la isla de Islay a unos 35 kilómetros de distancia, están acentuadas por fairways encintados y encuadrados por dunas y un rough saludable, o incluso pasto Ammophila arenaria, igual a cuando Max Faulkner ganara allí en 1951 luciendo knickers y jugando el putt con un putter de madera.
“Tener la oportunidad de tocar un paisaje tan increíble y un diseño clásico de Harry Colt viene acompañado de responsabilidades pero también de una tremenda sensación de privilegio”, dice Ebert, aclarando que Royal Portrush ha cambiado, perdido y agregado nuevos hoyos de manera repetitiva durante su primer siglo, en el rediseño original de Colt en la década del 30 y en los años previos al Open en 1951. “La parte más fuerte de la cancha es la ubicación. Los dramáticos cambios en elevación crean golpes extraordinarios”.

DESAFÍOS POR SUPERAR
Sin embargo hubo un tiempo en que este momento era inimaginable. Con el Open en 1951 y el Amateur en 1960, Royal Portrush fue claramente una clase especial pero durante mucho tiempo parecía que la R&A no iba a volver nunca. Incluso después de recibir el British Amateur, seis British Senior Opens y un gran éxito con el Irish Open en 2012, la entonces cabeza de la R&A Peter Dawson solo pudo decir a mediados del verano de ese año “Son muchas cosas y se debería gastar una enorme cantidad de dinero, según mi opinión, para que Royal Portrush sea una elección sensata…los aspectos comerciales son bastante onerosos…Habría mucho trabajo por hacer para que un Open vaya a Portrush…Tomará algo de tiempo para que aparezca en escena y esa escena podría ser ‘No’ ”.
Desafío aceptado. Menos de dos años más tarde Dawson y la R&A anunciaron que Royal Portrush recibiría al Open. ¿Qué cambió? Si bien hicieron esos cambios dramáticos a la cancha, lo que llevó el Open a Portrush fue la incansable fuerza de voluntad de los individuos que no aceptaron un no por respuesta. Con los hijos nativos Darren Clarke, Graeme McDowell y Rory McIlroy ganando casi un tercio de los campeonatos mayores jugados desde mediados de 2010 a 2012, el coeficiente golfístico de Irlanda del Norte estaba por las nubes y Royal Portrush y sus partidarios seguían insistiendo con que era el momento justo para regresar. Liderado por Clarke, las opiniones de los jugadores – “la charla” según Dawson, en referencia a la particular marca registrada de conversación de los locales – fue ciertamente parte del proceso. Dawson sacudió hacia un lado el efecto, pero Clarke no lo hizo.
“Yo estaba hablando con él y sutilmente cada tanto le deslizaba un ‘Es suficientemente buena; es suficientemente buena’ ”, dice Clarke. “Y él escuchó”.
Pero lo mismo se puede decir de los socios implacables de Royal Portrush y la infatigable secretaria/gerente del club Wilma Erskine, quien se aseguró de que toda la gente idónea estuviera al tanto de todas las cosas adecuadas por las que Portrush debería recibir el Open una vez más.
“Cuando uno mira atrás, Royal Portrush estaba bastante en el frente del golf en el Reino Unido. Luego del Amateur en 1950 y el Conflicto a fines de los 60, nos olvidaron por completo”, dice Erskine. “Ahora es algo así como, ‘Holaaa, estamos aquí. Oigan, esto es Irlanda del Norte. Hemos pasado por mucho dolor en el pasado, ¿pero saben algo? Somos fuertes y osados, y podemos lidiar con cualquier cosa’ ”.
Si Erskine no es el motor que impulsó a Portrush para conseguir el Open, ciertamente ella es la bujía, el inyector y el burro de arranque. La primera y única mujer en ser secretaria de un club Real, ella ha estado detrás de escena en Royal Portrush desde 1984, esparciendo comentarios y haciendo que un gobierno local litigante – y algunas veces las intratables entidades rectoras en golf, incluyendo el European Tour –viera lo que ella veía.
“Es entender el proceso, es entender con quién hay que ser amigos”, dice ella sin una pizca de jactancia pero con una gran medida de seguridad en sí misma. “Al principio la gente me decía ‘Estás soñando’, pero si hay algo que me molesta en esta vida es cuando la gente me dice que no puedo hacer algo”.
El entusiasmo de Erskine era contagioso. (Algunos hasta lo llaman “el Open de Wilma”, pero ella no quiere saber nada de eso.) No solo son buenas sensaciones por la llegada del Open, es conseguir el dinero, incluyendo las £17 millones (casi USD $22 millones) para soportar todas las eventualidades relacionadas con la organización de un campeonato mayor en un pueblo de menos de 10.000 personas a una hora de viaje de la capital Belfast. Erskine, quien convenció a Dawson a pesar de sus dudas, sabía que la recompensa sería más que un evento mayor, sería el evento deportivo más importante en la historia del país, incluyendo unas £100 millones estimadas por el impacto económico local. Se agotó en días, la primera vez que un Open vendió todas sus entradas aún luego de poner a la venta un bloque adicional. Se esperan más de 215.000 espectadores esa semana.
“Me reuní con quienes toman las decisiones y les dije ‘Ustedes serán los protagonistas en esto, yo no’. Es un legado”, explica. El acuerdo para ser sede del Open en Royal Portrush se extiende a tres campeonatos hasta 2040.

El hoyo 16 de 236 yardas, Rincón de Calamidad, está protegido por lo que Bernhard Darwin describió como un descenso aterrador “hacia profundidades desconocidas”.

UNA PRUEBA MAGNÍFICA RECIBE UNA ACTUALIZACIÓN
Si bien el éxito en majors de sus jugadores y los esfuerzos incansables del equipo de Erskine fueron invalorables, en el centro de todo estaba la grandiosa sede. Cuando Royal Portrush fue la sede del Open en 1951, el legendario reportero de golf Bernard Darwin se sintió inmediatamente cautivado. “Es verdaderamente magnífica”, escribió en The Times, “un monumento más duradero que el bronce. La cancha no desprecia lo espectacular…no depende de una cualidad dramática sino de una combinada coherencia y sutileza de la arquitectura. En conjunto es difícil imaginar una prueba de golf más admirable”.
Desde el golpe de salida inicial el desafío de Royal Portrush no es un juego de adivinanzas como algunos links. En cambio, es tan simple y robusta como los tragos que se sirven en el Harbour Bar del pueblo, donde Clarke y McDowell tienen sus propias banquetas y usted tal vez encuentre la medida más pura de Guinness en toda la zona. Hasta los bunkers de Royal Portrush tienen un propósito, pocas veces escondidos y relativamente escasos según los estándares del Open Championship con solo 62 (la menor cantidad de cualquier sede del Open y unos 140 menos que Royal Lytham & St. Annes). A diferencia de la mayoría de las canchas de la rota del Open, Portrush brinda elevaciones periódicas para que el golfista puede ver todo el trazado de los hoyos que van hacia y desde el océano y visto o no, su fuerza siempre se siente.


‘ESTO ES IRLANDA DEL NORTE. HEMOS PASADO POR MUCHO DOLOR EN EL PASADO, ¿PERO SABEN ALGO? SOMOS FUERTES Y OSADOS, Y PODEMOS LIDIAR CON CUALQUIER COSA’, WILMA ERSKINE, SECRETARIA DE ROYAL PORTRUSH


La sensación del mar empieza a ser más notable a partir del corto hoyo tres. Aquí el tee y el green están lo suficientemente elevados para sentir que necesitas encontrar una de las barandas del Titanic, el cual curiosamente fue construido en Belfast. Y a partir de ahí los links yacen frente a uno con hoyos apretados entre dunas tan amenazantes como cualquier dragón en “Game of Thrones.” Pero son los hoyos más expuestos los que representan la prueba más dura, como el bestial hoyo cuatro, par 4, y el hoyo cinco digno de una postal donde se pega drive y un pequeño tiro hacia un green que está colgado de un acantilado. Sin ningún tipo de misericordia, el borde posterior juega no como un hazard sino como fuera de límites.
Cada curva en Royal Portrush apunta hacia esa lucha interna entre un ángulo agresivo pero arriesgado y una elección segura que alivia la carga antes de que empiecen las decisiones más difíciles. Hasta el nombre de los hoyos puede ser un puñetazo en las entrañas: tumba de gigantes, rincón de la calamidad y purgatorio.
“En muchos de estos hoyos espero que haya una sensación de que un 50 por ciento usará el driver y otro 50 por ciento jugará a ubicarla con un hierro o algo similar, solo para ver que tienen que tomar decisiones”, explica Ebert.
Los hoyos que reemplazaron a los viejos 17 y 18 se encuentran paralelos a los nuevos siete y ocho, usando tierras de la Valley Course de Royal Portrush. Ebert los acomodó prolijamente en el aura de Colt, incluyendo una recreación del bunker Big Nellie del hoyo 17 original, un guante de béisbol arenoso Bunyanesco que podría arruinar una ronda si el viento sopla con fuerza. Al volver por el otro lado hay otro dogleg que lo desafía a ser agresivo y cortar camino por una esquina, pero cualquier cosa de menos de 290 yardas desatará un escuadrón de búsqueda.
Si bien el club accedió a sacrificar sus dos hoyos finales, deshacerse del final original de algún modo estableció un mejor desenlace, opina Ebert. (El viejo hoyo 18 no podía albergar las gigantes gradas en forma de herradura y los cambios le dieron espacio a la R&A para armar un grupo de carpas.)
El tramo final ahora comienza en el hoyo más famoso de la cancha (el 16 que solía ser el 14). Su nombre, Rincón de calamidad, es un eufemismo para un par 3 que podría jugar tan largo como 236 yardas a través de lo que Darwin llamó “sus aterradores acantilados arenosos que descienden hacia profundidades desconocidas”. En otras palabras, madera 3, en subida, viento en contra, que Dios lo ayude.
A continuación el 17 podría brindar un alivio temporal o, al mejor estilo Portrush, las cosas podrían ponerse peor. Aún con un nuevo tee en el fondo a 408 yardas, sería posible llegar con el driver al green y si bien los jugadores modernos pueden no apreciar el bunker ciego sobre la loma, Ebert cree que la Claret Jug debería requerir un aporreo quirúrgico y no uno meramente simple.
“Lograr el balance justo es una línea delgada”, opina Ebert. “Podría ser un gran swing con algunas águilas allí pero también algunos desastres a lo largo del camino”.
El campeón del Open enfrentará un dogleg final de 474 yardas al llegar al 18, donde la osada bordada derecha navega por hazards y una línea límite hasta dar vuelta en una esquina y traer el green (y ahora las gradas épicas) a plena vista. De algún modo se siente que al pasar esa curva junto al Castillo Dunluce puede verse toda la cancha a la distancia, exhilarante ante la posibilidad. Un siglo atrás, Darwin escribió que en Portrush “la tentación de jugar tres rondas por día es muy difícil de superar”, y Ebert dice que ese sentimiento sigue vivo: “Existe el elemento de felicidad al jugar Portrush, y también son muchos los golpes que uno quisiera volver a jugar en caso de no haberlos jugado como quería”.
Podría existir un significado oculto en esas palabras, sobre segundas oportunidades que deberían haberse dado antes, sobre una oportunidad perdida, frustrada, recuperada y capitalizada de formas que abruman las expectativas y cambian las percepciones de Irlanda del Norte. Un momento de transformación, más importante que la filmación y el turismo creado por “Game of Thrones.” No, lo que Ebert decía, por supuesto, es lo que todos dicen cuando hablan de Royal Portrush: es siempre sobre el golf.