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Frank Nobilo: Elegir sus batallas

Paso por estos pequeños boycotts en Twitter. Alguien me provoca diciendo que soy el peor comentarista en la TV. Me quedo callado, rumiando y jurando que nunca más voy a usar Twitter. Luego una noche estoy aburrido en mi habitación de hotel. Le hecho un vistazo a Twitter y leo un hilado cautivador. Vuelvo a meterme, la discusión va bárbaro y de repente recupero mi fe en la humanidad. Y luego ahí vuelven, los provocadores. “Necesitas afeitarte, pareces un linyera,” dice alguien. O “Tu acento es molesto…Regresa al lugar donde saliste.” Me enojo y vuelvo a dejarlo. Me conozco. Este ciclo probablemente nunca termine.

Es difícil imaginar que el medio más seguro sea uno donde miles de personas están a unos pocos metros de ti y millones más están observando cada uno de tus movimientos. Pero ese fue el caso con Tiger Woods. Dentro de las sogas, los límites estaban definidos, el ambiente controlado rigurosamente, el escrutinio dirigido a su increíble juego del golf. Cuando jugaba estaba envuelto en una sábana de admiración, adulación y respeto. Había seguridad en eso. Ahora no está seguro allí. La naturaleza de su escrutinio cambió. Su juego ha caído, pero ahora el tema personal sale a la luz incluso cuando está jugando. Tiger ya no controla la conversación y la cancha de golf ya no es su santuario. Para esa persona solitaria e introvertida – Tiger siempre me pareció un solitario – el escrutinio solo hace que se vuelve más introvertido. Mantenerse aislado siempre ha sido la manera de Tiger, pero con el santuario ya desvanecido, no veo cómo esto puede ser saludable. Estoy seguro de que existe una manera para que él salga adelante. Pero aún no la ha descubierto. Sería maravilloso verlo envejecer dignamente.

Cuando Tiger jugó mal en el PGA Championship 2014, Brandel Chamblee y yo empezamos a debatir la razón de sus problemas de manera tal que algunos llamarían épica. Las discusiones logran una buena TV, pero pelear por el solo hecho de pelear es cansador. Brandel culpó al swing de Tiger por sus problemas de espalda y yo sentía que él no podía hacer bien el swing por la cantidad de lesiones. El apartarse de los temas preparados logra espontaneidad en la TV, pero esto fue más que un apartado. Fue una contienda; era obvio que él se había preparado para seguir este camino, citando la cantidad de inclinación de la vara de Tiger con un wedge en el 2000 comparado con 2014. Si uno le preguntaba a alguien en el estudio sobre el humor entre Brandel y yo cuando nos fuimos a una pausa, les dirán que estuvo lejos de ser cordial.

En un punto, Brandel presionó con cosas personales, algo parecido a, “Te apuesto todo lo que hay en este estudio y todo lo que poseo.” No éramos de salir a comer juntos, pero creo que fue ahí cuando cruzamos esa línea. Pero aparentemente fue buena TV y me preguntan más por ese episodio que cualquier otro programa que hayamos hecho, ¿así que puedo decir? Ambos empezamos en Golf Channel en 2004, el primer año de las series de “Live From,” y una cosa en que ambos coincidimos es que es un programa que nos enorgullece. La mezcla de personalidades funciona. Si Brandel tuviera un clon de sí mismo sentado junto a él, ni lo permita Dios… O por el contrario, si hubiera un par más de Frank Nobilos reservados, muy probablemente tuviéramos que despertar a la gente. Los programas desde los estudios brindan más exposición personal, como dicen en la TV, pero el golf en vivo es donde tengo mi corazón y alma. Parte de eso tal vez se deba a que no tuve la carrera de jugador que hubiera querido, pero nada es premeditado en el golf en vivo: hay que hacer los deberes, mantener los ojos abiertos y escuchar. En el proceso he tenido el placer de trabajar con los mejores en este rubro.


‘¿Quién puede decir que un swing inusual como el de Lee Trevino es de hecho la mejor manera? . . . ¿Puede imaginar cuán bueno hubiera sido Lee si hubiera tenido híbridos en esos días?’


Cuando pasas de ser un jugador a ser un comentarista en la TV, algo raro sucede: en general los jugadores no te tratan igual. En esencia te conviertes en un “protector del juego convertido en cazador.” Lo entiendo; yo también lo hice. Se dicen menos cosas en confidencia. La vibra cambia totalmente. La excepción más destacada es Vijay Singh. Yo lo conozco desde hace más de 30 años y he leído lo que todos han leído sobre él. Una vez que atraviesas esa fachada, existe una consistencia en él que siempre he admirado. Mi cambio de trabajo no lo afectó en lo más mínimo. Tú eres quien eres para Vijay, hasta demostrar lo contrario. En el mundo de hoy, eso es poco común. Él no es mi mejor amigo, pero sé que si realmente necesitara algo, lo podría llamar y él estaría allí para escucharme. Eso es muy importante para mí.

Los golfistas realmente buenos saben cuán difícil es el golf, pero a la vez lo olvidan. Cuando jugaba en Europa años atrás, tuve una etapa que me gustaban los autos de carreras. Tenía una Ferrari y conduje a 160 kilómetros por hora en una ruta desierta y recta. Luego conocí a un corredor de Fórmula Uno llamado Peter Gethin y cada tanto jugábamos al golf juntos. Un día me llevó a la pista de carreras Goodwood y me ubicó en el asiento del acompañante de una F40 para “dar una pequeña vuelta.” La aceleración me tiró contra el asiento y tomó la primera curva a 192 kilómetros por hora, manejando con una sola mano, charlando de cosas triviales y mirándome mientras conducía. No escuché ninguna palabra de lo que dijo porque honestamente pensé que moriría en ese momento. En una recta, pasamos volando a una Testarossa, y mis pensamientos pasaron de un simple accidente a un asesinato-suicidio deliberado. No lo conocía bien a Peter. Cuando miré el velocímetro, decía 288 kilómetros por hora. Después de que me dejara en los pits, me bajé y casi vomito. El dio la vuelta al auto, puso su brazo sobre mi hombro y susurró en mi oído, “Ahora sabes cómo me siento yo cuando me llevas a esos malditos tees del fondo.”


Cierro mis ojos y puedo ver imágines de jugadores que en algún momento fueron brillantes, comparables con cualquiera en la historia. No siempre son los jugadores legendarios. Luego de ganar el Campeonato Amateur en Nueva Zelanda a los 18 años en 1978, me invitaron a jugar por Nueva Zelanda en el Eisenhower Trophy, que se jugaba ese año en Fiji. La cancha, Pacific Harbour, era extremadamente difícil con fuera de límites internos que rodeaban los angostos callejones de los fairways. Nadie se atrevía a pegar driver en ellos. El aficionado mejor conocido en aquellos días era el canadiense Gary Cowan que le pegaba magnífico a la pelota. Después de una vuelta me fui a seguir el grupo de Gary, esperando poder aprender algo de él. Pero en su grupo había un estadounidense flaquito llamado Bobby Clampett. Lo que vi me hizo olvidar rápidamente a Gary. En los hoyos más angostos, Bobby pegaba el driver al centro de esos callejones con una confianza impresionante y un vuelo de pelota soñado. En el hoyo 18 finalmente falló un golpe, pero desde atrás de un grupo de cañas embocó su tiro con el wedge. En ese momento – fue solo un momento – fue tan bueno como cualquiera que yo hubiera visto.

Pero no fue la mejor exhibición de driver que hubiera visto. Ese honor le corresponde a Greg Norman en el Masters de Australia en 1981. La cancha, Huntingdale Golf Club, tenía una práctica muy corta. Al final de la misma había una cerca y detrás de ella estaba el hoyo 13 de la cancha. Una vez que hubiera pasado el último grupo, los jugadores podían pegar drives de práctica hacia el lejano fairway. Bizarro. En fin, la cerca tenía un portón de metro y medio de ancho. Mientras me estaba yendo de la práctica una mañana lo vi a Greg pegando drivers en dirección al portón. Alguien lo había dejado abierto y algunos espectadores notaron que Greg lo estaba usando como objetivo, los dos extremos del portón como una especia de arco. Greg estaba pegando un driver fuerte tras otro por encima del medio de ese portón de metro y medio. Cada vez había más gente. Steve Williams, quien era el caddie de Greg en ese momento, no se movía. Allá en el distante fairway del 13, él estaba atrapando las pelotas después de un rebote como si estuviera atrapando wedges cortos. Greg debe haber pegado 20 drives consecutivos dentro de esa ventana de metro y medio. La gente estaba maravillada. Y yo también. Él ganó el torneo pero ese despliegue en la cancha de práctica fue algo impresionante. No he visto nada parecido desde entonces.

En el U.S. Open en 1996 en Oakland Hills, estaba en el range mirando a Tiger pegar su driver. A diferencia de otros pros, su pelota no salía baja, llegaba hasta bien alto para caer de manera abrupta. Era más parabólica y arqueada. Era fantástico, pero cómo lo hacía era una especie de misterio. El asesor de Tiger en Titleist, un hombre llamado Rick Nelson, se me acercó y mientras salía disparado otro drive increíble, susurró, “tasa de efecto perfecta.” Yo no sabía de qué estaba hablando; nadie lo sabía en realidad. Pero el equipo de Tiger había descubierto que un lanzamiento alto con poco efecto era lo que se necesitaba, e hicieron todo lo posible, en términos de equipamiento, para lograrlo. Su técnica tuvo algo que ver, por supuesto. Cuando Tiger pasó a Nike y jugó la pelota sólida [2000] y tuvo esa racha increíble, dentro de los siguientes 12 meses todos se pasaron a la pelota sólida. Es una de las tantas maneras en las que Tiger cambió al golf.


‘Tomó la primera curva a 192 kilómetros por hora, manejando con una sola mano, charlando de cosas triviales y mirándome mientras conducía . . . Honestamente pensé que moriría en ese momento.’



Acababa de ver al gran instructor británico Pete Cowen en una sesión con Matthew Fitzpatrick poco después de que éste ganara el U.S. Amateur en 2013. Tratando de entablar una conversación le dije, “¿Entonces vas a cambiarle el grip?” Fitzpatrick tenía un grip muy fuerte de la mano izquierda y la mano derecha era débil. Pete me dijo, “¿Por qué habría de hacer eso? ¿Ves donde coloca el palo?” Pete me explicó que el grip de Fitzpatrick equiparaba sus otras posiciones y movimientos de manera impecable. Cambiarle el grip al modelo que todos han tenido en mente desde siempre implicaría realizar muchos cambios más que probablemente harían que Fitzpatrick tuviera que volver atrás sin garantía de que mejoraría a lo largo del camino. Si uno mira dónde está Fitzpatrick hoy, obviamente fue la decisión correcta.

El deseo de Pete de escaparse de la conformidad es algo que estamos viendo más y es un gran salto hacia adelante. Si un joven Dustin Johnson hubiese acudido a un instructor unos 25 años atrás con esa muñeca izquierda inclinada en el tope, o si Jordan Spieth hubiese llegado con ese grip inusual, la mayoría de los profesores habrían tratado de cambiarlo. Y al hacerlo, tal vez nunca hubiéramos escuchado hablar de Dustin y Jordan. La aceptación de posiciones y movimientos inusuales está permitiendo a mucha gente jugar al golf quienes de alguna manera hubieran abandonado porque la manera convencional les resultaba incómoda. ¿Quién puede decir que un swing inusual como el de Lee Trevino es de hecho la mejor manera, especialmente con los avances en el equipamiento? ¿Puede imaginar cuán bueno hubiera sido Lee si hubiera tenido híbridos en esos días?

En 1977 me invitaron a ser caddie de Al Geiberger en un torneo en Titirangi, mi cancha. Había anotado su 59 más temprano en ese año en Memphis, así que era una gran cosa para un chico de 17 años. El día comenzó con una sesión en la práctica, yo buscando pelotas mientras él entraba en calor. Al principio no tuve que moverme mucho, pero a medida que los tiros fueron más largos la dispersión naturalmente era mayor y yo corría para poder colocar las pelotas dentro de la bolsa rápidamente. Cuando llegó a lo que yo estimaba era un hierro 5, me hizo volver. Me susurró con énfasis, “Hijo, deja de correr cuando levantas mis pelotas. Me haces quedar mal.”

Durante el último día del torneo Al tuvo que jugar con un australiano rubio con pinta de surfista. Un completo desconocido llamado Greg Norman. Greg le pegaba mucho más largo que Al, y más derecho también. Estaba tan impresionado con eso que le decía cosas a Al como, “Hombre, ese tipo si que es bueno, ¿no? . . . Debe ser increíble pegar el driver así.” Exactamente el tipo de cosas que un caddie nunca debería decirle a su jugador. El pobre Al fue muy amable al respecto, pero sí noté que cada vez aumentaba más la distancia entre nosotros. Muchos años más tarde me disculpé con Al. Oye, yo era joven.

En 1997 estaba entrando en el mejor momento de mi carrera. En 1996 terminé cuarto en el Masters, empaté el octavo lugar en el PGA Championship y quedé entre los 15 mejores en el U.S. Open. Había jugado con muchísimo dolor por una condición en mi hombro por lo que me vi obligado a ir a la Clínica Mayo en Rochester, Minnesota. Tres días más tarde me diagnosticaron poliartritis inflamatoria en mis codos y muñecas, lo cual significaba una sentencia de muerte para un atleta en esos días. Los medicamentos como los que está tomando Phil Mickelson hoy no existían. Había otras medicinas que ayudaban y en 1997 gané en Greensboro y tenía todo tipo de expectativas de mejorar físicamente. Pero la artritis empeoró mucho. Los próximos cinco años de juego fueron un infierno. Pocas personas son tan infelices como el atleta lesionado. Te sientes maldecido y desafortunado. Hay mucho de, “¿Por qué a mí?”

Otro momento duro: En el verano de 1998 estaba manejando un carro de golf desde mi casa en Lake Nona por la cancha hacia el driving range. Un grupo de damas estaba pegando su golpe de salida en un hoyo y pensé, mejor que no vaya por ahí; podrían pegarme. Nunca me habían pegado un pelotazo en mi vida. Tomo otra ruta y veo a un tipo en otro tee jugando solo. Lo observé haciendo el swing y caminando hacia su carro, una señal de que acababa de pegar. Así que empecé a conducir hacia él. En realidad, él se había dirigido al carro para buscar otro driver. De repente veo lo que parecía una nube de mosquitos rojos. Cuando llego al tee donde estaba este hombre, él me detiene. Apenas pude notar que había sangre por todos lados. Él me había dado de lleno sobre mi ojo izquierdo y me había dejado tonto. Seguí manejando consciente pero inconscientemente. Resultó ser que el hombre era médico. Me llevó al clubhouse. La herida requirió 30 puntos y no pude jugar mucho durante los siguientes meses. Me derrumbé por la lista de puntos de la Copa Presidentes y tuve mucha suerte de que el capitán Peter Thomson me eligiera. La tensión por esperar a ver si me elegían fue aterradora. Los golfistas pueden ser las personas más inseguras del mundo.


‘¿Saben quien hubiera sido perfecto para las redes sociales? Gene Sarazen. . . . Tan originales como el sand wedge que inventó.’



Esa experiencia fue útil en 2009, cuando fui asistente de Greg Norman en la Copa Presidentes en Harding Park. Adam Scott había tenido un año terrible en el que había fallado 10 cortes y estaba fuera de los 100 mejores en el listado de ganancias del PGA Tour. Cuando Greg lo eligió, la confianza de Adam estaba bastante baja. En el hotel lo llevé a un lado y le aseguré que no había sido una elección compasiva, que él era un gran jugador, que era merecedor y que estaba a punto de tener su gran momento. Adam no tuvo una gran Copa Presidentes pero varias semanas más tarde ganó el Texas Open.

Jugué en tres equipos de Copa Presidentes, en 1994, 1996 y 1998, y fui asistente en 2009 y 2011. Estoy orgullos de ser internacional, pero dicho esto, siempre quise un escenario que reuniera a cada segmento – los estadounidenses, los europeos y los internacionales – en una competencia realmente mundial. Es así como funcionaría. Digamos que los Estados Unidos ganan la Copa Ryder 2018. En 2019 la Copa Presidentes tendría a Europa vs los internacionales y el ganador tendría el derecho a participar en la Copa Ryder 2020 contra Estados Unidos. Si los internacionales avanzan y vencen a los Estados Unidos en esa Copa Ryder 2020, los estadounidenses tendrían que derrotar a Europa en la Copa Presidentes 2021 para poder volver a ganar la Copa Ryder en 2022. Es una gran solución. Por una multitud de razones, nunca sucederá. Pero creo que a Samuel Ryder le hubiera gustado la idea.

Ese primer año de Copa Presidentes en 1994, los internacionales supusimos que inmediatamente nos uniríamos como un equipo fuerte. Todos habíamos crecido jugando competencias por equipos. Pero no sucedió. Había que hacer tantos ajustes, tantos sobresaltos pequeños. Por ejemplo, en vez de reportar a una organización central de la manera que lo hacían los estadounidenses a través del PGA Tour, nuestro equipo estaba representado por una confederación aislada de oficiales de los circuitos de Australasia, Sudáfrica, Japón y América. Nunca tuvimos una sala de jugadores, intérpretes para comunicarnos con nuestros compañeros de equipo – Tsukasa Watanabe era de Japón y no hablaba inglés – o hacer cosas como visitar la Casa Blanca. Para mí, un neozelandés que había considerado a Australia como un rival de toda la vida, aceptar a los australianos como hermanos requería más tiempo. Y siempre está el espectro de competir contra los Estados Unidos, quienes entonces y también ahora eran considerados como el líder monolítico en deportes en todo el mundo. Hicimos un buen trabajo pero perdimos 20 a 12. Fue mucho más peleado de lo que indica el resultado, pero hacia el fin del último día éramos un equipo. No podíamos esperar a 1996.

Durante el siguiente año y medio las cosas empezaron a salir a nuestro favor. A medida que el equipo de 1996 era más claro, nuestro equipo se sintió de alguna manera usado y traicionado por nuestros representantes. David Graham había sido nombrado nuevamente capitán por el PGA Tour sin ningún tipo de consulta con nosotros. Parecía como que nuestros jugadores no tenían ningún control. Los líderes de las distintas asociaciones no nos mantenían informados y David no era bueno en eso tampoco. Eso llevó a la suspicacia y el descontento. De manera cierta o equivocada las circunstancias nos llevaron a pensar que necesitábamos afirmarnos y forzar algún tipo de cambio. Con la Copa Presidentes a solo dos meses de jugarse, pedimos una reunión en St. Annes en la semana del Open. Nadie se guardó la opinión de que era necesario un nuevo rumbo. La manera más directa de reafirmarnos era considerando la idea de reemplazar a David y el resultado fue unánime [con una abstención]: David tenía que irse. Las secuelas de haberlo desplazado no fueron agradables. Si bien las experiencias de la Copa Presidentes están entre las mejores de mi carrera como jugador, el episodio con David figura entre las peores. Demás está decir que David estaba furioso y dolido. Lo que comenzó como una acusación legítima hacia el sistema terminó con la percepción de que era un ataque directo hacia él, y nuestros jugadores pasaron por malcriados y vengativos. Nos unimos un poco más, perdiendo esa segunda Copa Presidentes por un margen mucho menor 16½ a 15½. Si tuviera que hacerlo de nuevo, ¿votaría para que reemplazaran a David? Diré esto: en retrospectiva, ojalá hubiéramos insistido en que David estuviera presente en la reunión en St. Annes.

PETER THOMSON aceptó ser el reemplazo de David. La primera mañana fueron fourballs y nos pasaron por encima, perdiendo tres de los cuatro partidos. Los jugadores estábamos de mal humor parados detrás del green del 18. Fue nuestro peor momento. Todavía recuerdo a Pete sentado en una loma por encima de nosotros, mirándonos con una expresión seria mientras peleábamos y nos quejábamos. Finalmente Peter bajó y nos reunió. Dijo, “A lo largo de los años descubrí que cuando jugaba mal en la mañana, siempre lo hacía mejor en la tarde.” Fue un mensaje optimista, una sabiduría simple sin dramatismo. Eliminó todo el veneno del aire, hizo que las acusaciones parecieran innecesarias y poco productivas. Todavía estábamos a perdiendo al final del día, pero Peter había enderezado el barco. Montamos una gran remontada y nos quedamos apenas cortos al final.

¿Saben quien hubiera sido perfecto para las redes sociales? Gene Sarazen. Lo mejor e haber ganado dos veces el Sarazen World Open fue la amistad que desarrollé con Gene. En la conversación tenía una manera de ser nervioso a la vez que conservaba ese respeto del viejo mundo que tanto se necesita en la sociedad en general y en Twitter en particular. Cualquier tema de golf – equipamiento, historia, técnica, jugadores – él podía explayarse en pocas palabras. Habría sido perfecto para el límite de 140 caracteres, sus tweets tan originales como el sand wedge que inventó.

Una noche durante el Sarazen World Open en 1997, un grupo de tal vez 15 de nosotros nos habíamos reunido alrededor de una mesa dentro del clubhouse Chateau Elan, bebiendo y contando historias. Sam Torrance, Payne Stewart, Nick Price y los cuentistas estaban llenando el clubhouse con todo tipo de cuentos de sus carreras. Y entonces alguien advirtió la presencia de Gene Sarazen, con 95 años de edad y algo frágil, sentado en un rincón del salón, un poco aturdido por el ruido. Le pedimos a Gene que se acercara a la mesa y nos contara una historia. Su voz no era fuerte y pedimos a los demás que se callaran para poder escucharlo.
“Luego de ganar el U.S. Open en Fresh Meadow en 1932, decidí quedarme en Nueva York otra semana para festejar y visitar amigos,” empezó. “Una mañana fui a la Estación Central a tomar un tren local. Mientras esperaba en un banco noté a una joven sentada frente a mí. Era la mujer más hermosa que hubiera visto. Ella miró hacia el frente y cuando nuestros ojos se encontraron, sostuvimos esa mirada por un largo tiempo. Algo me dijo que ella sentía lo mismo que yo.”
Dijo Gene, “Estaba tan abrumado que no tuve el coraje de acercarme. No se hacía eso en aquellos días. Un minuto más tare, llegó el anuncio final para abordar mi tren y me fui. Durante el resto del día solo pude pensar en esa chica. Supe que tenía que encontrarla. Cada mañana durante el resto de la semana iba a la Estación Central alrededor de la misma hora que ese día, esperando desesperadamente que el tren fuera parte de su rutina. Pero no sería así. Ella no regresó. La chica de la Estación Central sería una nota al pie de una larga y feliz vida.
“Unos 30 años más tarde estaba jugando un torneo en Palm Springs,” prosiguió. “Había terminado mi vuelta y estaba en el salón relajándome cuando el encargado me informó que había una mujer en el bar del clubhouse preguntando por mí. ‘¿Dejó su nombre?’ Pregunté. ‘No quiso decirlo más que usted la recordaría de la Estación Central,’ me contestó el encargado. Terminé de asearme y me dirigí al bar. Y ahí estaba, la mujer que había encontrado en la estación de tren,” dijo. “Ella estaba radiante. Con una sonrisa cálida me dijo, ‘Quiero que sepa que nunca olvidé ese día en la estación de tren. Mi nombre es Dolores Hope. Puede ser que conozca a mi marido, Bob. Me alegra que finalmente podamos conocernos.”
Todos aplaudimos a The Squire (N. de T. ese era el apodo de Gene Sarazen). ¿Cómo puedes superar una historia como esa?

Tal vez no haya escuchado hablar de Billy Dunk. Es uno de los mejores jugadores australianos de todos los tiempos, ganador de cinco PGA Australianos y 29 torneos en el Tour Australasia. Mi primer torneo como pro en Australia fue el Victorian Open. Tenía 20, era desconocido y por eso me asignaron el primero horario de la mañana.
Estaba nervioso por eso porque estaba quedándome en un hotel barato bien afuera de la ciudad, no tenía auto y tenía que depender de que un taxi me recogiera antes del amanecer. La noche anterior me topé con Bily, a quien idolatraba. Luego de una pequeña charla me preguntó, “¿A qué hora juegas mañana?” Le dije y le conté mi preocupación. “No te preocupes, puedes venir conmigo,” dijo. A la mañana siguiente a las 5 a.m., Billy tocó a mi puerta. “Arriba y vamos,” dijo. “Partimos en 30 minutos.” Apenas podía mantener los ojos abiertos y noté que Billy todavía tenía el pijama puesto. “¿Por qué no estás vestido?” Le pregunté. “¿No vas a jugar?” Dijo, “Por supuesto que voy a jugar, pero no tengo que hacerlo hasta esta tarde.” Le dije, “¿Por qué te ofreciste a llevarme?” Me respondió, “Porque necesitabas alguien que te llevara.” Les digo algo, ya no los hacen como Billy Dunk.