Protagonistas Hace 12 meses

Golpes que no se pueden explicar, por Jack Nicklaus

Nicklaus

El umbral de lo que cuenta como milagro es difícil de establecer. En mi carrera, considero el chip embocado por Lee Trevino en Muirfield en el Open Championship en 1972 y el chip embocado por Tom Watson en Pebble Beach en el U.S. Open en 1982 – ambos en el hoyo 17 de la última vuelta para ganarme – como milagros en el momento en que sucedieron.
En la mente de algunas personas, mi victoria a los 22 años sobre Arnold Palmer en el U.S. Open en 1962 en, básicamente, el jardín de Arnold en Oakmont fue un milagro.
Tal vez pueda decirse lo mismo del hierro 1 que pegué en el hoyo 17 en el U.S. Open 1972. Tenía 219 yardas y mi pelota pegó el asta-bandera a 30 centímetros encima del suelo y cayó a 15 centímetros – casi entra. Si no le hubiera pegado, calculo que me habría pasado entre 3 a 5 metros. La pelota le tenía que dar de lleno a esa parte precisa del asta para que se detuviera allí. ¿Un milagro?
Luego están los milagros que parecen que van a suceder hasta que surge la realidad. Una de mis historias favoritas sucedió en la década del 70 en Cypress Point.
Estaba jugando una vuelta de práctica con mis amigos Pandel Savic y Bob Hoag. Invitamos a Howard Clark, un jugador inglés de la Copa Ryder, a que jugara con nosotros, especialmente después de escuchar que nunca había jugado en Cypress.
Recuerdo que salimos atrás de un grupo de profesionales canadienses, Richard Zokol y Jim Nelford. Pudimos jugar los primeros 15 hoyos en un clima precioso. De repente, aparece un banco de niebla entre los tees del hoyo 15 y 16. Como todos saben, el Nro. 16 de Cypress Point es uno de los pares 3 icónicos del mundo. Bueno, parados en el tee apenas podíamos ver nuestras manos, pero todos pegamos. Encontramos tres de nuestras pelotas. Y luego encontramos la de Howard – dentro del hoyo.
Pasamos los próximos 30 minutos festejando el hoyo en uno de Howard. Luego, llegamos al tee del 18 y había una pequeña nota en el tee de salida: “¡Gran hoyo en uno, Howard! Los canadienses lunáticos. Ja. Ja. Ja.” Pero durante media hora pensamos que había sido un milagro.
Luego hay gente que uno conoce a través del golf, y situaciones que uno pasa, que tienen el matiz de un milagro a punto de ocurrir. En el verano de 2008, un padre en Ohio llegó a nuestra oficina pidiéndonos que conociéramos a su hijo. El padre era Marty Bezbatchenko, y su hijo, David, estaba combatiendo una rara enfermedad, neurofibromatosis. La enfermedad puede atacar varias partes del cuerpo y puede llevar a tener tumores en todos lados, incluyendo en el cerebro, espalda y nervios.
David era un alumno universitario en Bowling Green—de hecho era miembro de la misma fraternidad que yo en Ohio State – cuando en 2005 desarrolló un tumor cerebral. Enfrentó una increíble batalla, soportado quimioterapia, radiación y numerosas cirugías. Bueno, tuve la oportunidad de conocer a David en julio 2008 y pasé bastante tiempo con él y su familia. Se podía notar que sentía amor por el golf, la familia y la vida.
David perdió su batalla en ese día de San Valentín, falleció a los 23 años. En su obituario hubo algunos recuerdos maravillosos pero lo que me pareció interesante fue lo que él consideró como su recuerdo más preciado.
Sucedió al año siguiente de ser diagnosticado. David y su padre registraron hoyos en uno en el mismo hoyo en swings consecutivos. Ni hablar que ese hoyo en uno ayudó a David a bajar el 100 por primera vez, anotando 98. Aquí tenemos a un joven peleando contra una enfermedad horrible, cuyos dos amores más grandes de la vida son la familia y el golf y un día, en un hoyo y dos swings se cruzan en algo que Fancis Scheid, presidente retirado del departamento de matemáticas de la Universidad de Boston, calculó para Golf Digest que las probabilidades serían de 17 millones a uno – o más – para que sucedan.
Eso, de muchas maneras, es un milagro y no podría haberle pasado a un joven más merecedor.