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“No se puede superar a dios”. Descubra Erin Hills a días del U.S. Open (parte 1)

Erin


NOTA DEL EDITOR Ron Whitten ha cubierto la arquitectura de golf para Golf Digest desde 1985. En 1992, citando su inexperiencia – nunca había diseñado una cancha de golf – rechazó la oferta de Mike Keiser para diseñar los primeros 18 en Bandon Dunes, cediéndole el lugar a David McLay Kidd. En 2000, Whitten aceptó con gusto la invitación del Dr. Michael Hurdzan y de Dana Fry para unírseles en la creación de una nueva cancha en el noreste de Milwaukee. Poco sabían en ese momento que Erin Hills se desarrollaría como una cancha digna del U.S. Open 2017. Aquí Whitten cuenta la historia de las muchas sorpresas – algunas buenas y otras malas – que llevaron al primer U.S. Open en Wisconsin.


En Junio, Erin Hills, ese manto arrugado tamaño mastodonte devenido en cancha de golf en el minúsculo Erin, Wisconsin, será sede del primero de muchos U.S. Opens.
Lo digo con confianza, porque es la cancha adecuada en el lugar adecuado y en el momento adecuado. ▶ Es una cancha pública en manos privadas, que encaja en el deseo populista de la USGA de hacer crecer el golf en un mercado sin explotar. La cancha está emplazada en 263 hectáreas, una extensión sin precedentes en golf de campeonatos. Hay suficiente espacio para acomodar todo tipo imaginable de carpas de hospitalidad, salas VIP y tiendas de mercadería. Hay espacio para 100.000 espectadores, si la USGA quisiera recibir a tantos. La venta de entradas fue frenada en 35.000, evidentemente para evitar embotellamientos de tránsito. ▶ La cancha será una prueba genuina. Sí, es ridículamente larga desde los tees del fondo con 8.348 yardas, pero no es la intención jugarla en esa longitud. Para el Abierto, medirá oficialmente 7.693 yardas pero será más corta en cualquier día ya que cada hoyo
tiene una enorme flexibilidad. Es un par 72, el primero en un U.S. Open desde Pebble Beach en 1992, y al menos un par de los pares 5 obligará a los pegadores más largos a usar una madera de fairway para alcanzar los greens en dos golpes.

De acuerdo, no es un links genuino donde uno puede hacer correr la pelota hacia todos los objetivos. Existen algunos fairways elevados y también greens, y es por diseño. El viento sopla bastante en Erin Hills, por lo que una de las pruebas será manejar los golpes altos en el viento. Los fairways se elevan y caen, se hunden y dan vuelta, con muy pocos asientos nivelados en la cancha. Sus bunkers son verdaderos hazards donde la recuperación suele ser menos importante que salir de allí. Los greens son de bentgrass puro, la primera vez en un U.S. Open en añares, superficies rápidas y suaves donde se embocarán suficiente cantidad de birdies.

Sí, soy una porrista descarada de Erin Hills. Tengo el derecho de serlo, porque estuve involucrado en su diseño. O mejor dicho, su excavación. Erin Hills existía dentro de los pliegues glaciales de la topografía morrena durante varias eras. Solo tuvimos que desenterrarla.

ErinPRESENTO MI CASO
Déjeme aclarar esto: yo diseñé Erin Hills conjuntamente con Hurdzan y Fry. Licitamos el proyecto en el 2000 y le ganamos el trabajo a una competencia que incluía las firmas de diseño de Jack Nicklaus, Arnold Palmer y Tom Doak. No fui convocado más adelante por Mike y Dana para mirar sobre sus hombros y escribir comentarios favorables. No fui contratado como asesor de diseño para pasar por el lugar un par de veces y posar para la foto. Y ciertamente no estaba allí, citando la frase que alguna vez dijera Doak, para simplemente “compensar la escasez de talento del Dr. Mike.” (Tom y su habilidad de palmear a alguien en la espalda y terminar sopapeando a otro en la cara.)

Mike y Dana no necesitaban aditivos. Son dos de los arquitectos de golf más talentosos, imaginativos, conocedores y entusiastas que he conocido. Su trabajo habla por ellos. Calusa Pines y Naples National, ambas en Naples, Florida, y entre las mejores ranqueadas por Golf Digest, son tan distintas como el yin y el yang. De igual modo, Devil’s Pulpit y Devil’s Paintbrush, las mejores canchas nuevas de Canadá según Golf Digest a principios de los 90, están una junto a la otra y sin embargo no se parecen en lo más mínimo.

Pero debido a que la cobertura de los medios de la arquitectura de golf es más que nada una idolatría de chicos fanáticos, Mike y Dana nunca recibieron la atención nacional que se merecen. Nunca fueron los chicos cancheros de la escuela. La Internet está llena de críticos que dicen que Erin Hills sería mucho mejor de haber sido diseñada por uno de los chicos dorados. Mastique esto por un momento. Mike y Dana fueron una de las cinco empresas finalistas para el trabajo en Chambers Bay, la cancha sede del U.S. Open 2015. Si las cosas hubieran salido un poco diferentes, ellos tendrían ahora dos canchas anfitrionas del U.S. Open en un lapso de tres años.

Nosotros acordamos unirnos para licitar la obra de Erin Hills ya que Mike y yo hemos sido amigos desde mediados de los 70. A fines de los 90, a medida que yo me aproximaba a mis 50 años y sentía que la vida me estaba pasando de largo, decidí involucrarme en algunos proyectos de diseño de canchas. Mike y Dana no dudaron en arriesgarse conmigo. Fue pura suerte que el proyecto que decidimos perseguir juntos fuera una cancha que terminara siendo sede del U.S. Open. Pero una vez más, como explicaré, uno busca su propia suerte.

Digo todo esto para explicar por qué no puedo ser objetivo cuando hablo de Erin Hills. Realicé más de 100 visitas al lugar. Clavé estacas en cada hoyo y más todavía. Cavé bunkers, elevé algunos greens. Agonicé con los grandes problemas y los pequeños detalles. Por supuesto que soy parcial y que me produce mucha emoción el tema. Mi ADN está puesto en ese diseño.


‘POR SUPUESTO QUE SOY PARCIAL Y QUE ME PRODUCE MUCHA EMOCIÓN EL TEMA. MI ADN ESTÁ PUESTO EN ESE DISEÑO.’


Erin

El green en el par 4 del hoyo 12 se eleva, luego cae, como lo hace su zigzagueante fairway.

NUESTRA FILOSOFÍA
‘No me importa cuánto dinero gastes de más,” dice Dana. “No se puede superar a Dios.” Eso resume nuestro enfoque sobre Erin Hills. Para bien o para mal, nuestro objetivo fue demostrar que la Madre Naturaleza es la mejor arquitecta de golf de todos los tiempos.

Cuando Mike y yo vimos la propiedad por primera vez, en junio del 2000 (Dana realizó su primera visita en el otoño de 2001), era una pastura sobre poblada de malezas y matas con varias secciones cubiertas por árboles con grandes copas. Sin embargo, aún en ese momento, pudimos ver sus gloriosos contornos naturales. Esta era nuestra oportunidad para imitar a Sand Hills Golf Club, el brillante y minimalista trazado de Bill Coore y Ben Crenshaw en el centro de Nebraska, fácilmente la cancha más natural de los Estados Unidos. Queríamos remover la menor cantidad de tierra posible, hacerla memorable, transitable, con hoyos que nunca nadie haya jugado antes. (Algunos podrían llegar a decir que nos pasamos de la raya en ese último aspecto.)

También decidimos construirla de manera eficiente y poco costosa, y lo logramos. Erin Hills fue construida con menos de UD$3 millones, con casi una tercera parte de eso destinada al riego. A continuación se gastó una tonelada de dinero en otros aspectos de Erin Hills, pero la cancha en sí costó dos coma nueve ocho.

Una vez que decidimos al fin nuestro trazado – 18 hoyos más un par 3 de despedida adicional – Mike sugirió una construcción mínimamente invasiva. Cortamos el pasto existente, rociamos la maleza con herbicidas, enterramos el riego y sembramos justo encima de la vegetación muerta, preservando casi toda loma, arruga, montículo y hondonada. Cavamos áreas para los greens, los cuales se construyeron con arena pura, y juntamos la tierra para usarla en otras partes, principalmente para crear plataformas para los tees de salida. Hicimos poco uso de las excavadoras, más que nada para extraer pequeñas porciones de cuatro hoyos.


ErinSE NECESITÓ UN PUEBLO
Lo que aprendí por experiencia es que los arquitectos de golf reciben demasiado crédito por lo que hacen. Ellos desarrollan conceptos, pero se requiere de mucha gente para construir una cancha de golf. En Erin Hills contamos con el contratista Bill Kubly, un oriundo de Wisconsin cuya empresa está considerada entre las mejores. (De hecho, el granero de la granja contigua y que pertenecía a su tátara abuela fue reacondicionado junto a la cancha de práctica y ahora se usa como casilla de caddies.) El grupo de Kubly incluía al gerente de proyectos Curt Grieser, al jefe de construcción Steve Posler (quien me enseñó muchísimo; lamentablemente falleció en 2014 a los 47), Paul Kiekhaefer, Chris White, al pasante Brendan Dolan y una docena de trabajadores, en su mayoría guatemaltecos con residencia en EE.UU. También estaba el socio Jason Straka de Hurdzan/Fry, quien fuera fundamental en varios de los primeros trazados. Y luego estaba Jeff Rottier, el superintendente original y su asistente (ahora superintendente) Zach Reineking, ambos tentados desde Whistling Straits para hacer crecer la cancha con base de festuca con un presupuesto minúsculo.

Estaba nuestro trazador principal, Rod Whitman. Rod es un arquitecto de golf sobresaliente (su obra maestra es Cabot Links en Nova Scotia) con algo de tiempo libre en 2005. Un artista sobre una excavadora, se aseguró de que nuestros greens se unieran a la topografía circundante y que nuestros tees de salida artificiales parecieran glaciares. Él también entrenó a nuestro empleado Robert Ortega para que fuera un operador de excavadora eficiente. No debería dejar de mencionar al contratista independiente Chris Hunt, quien manejaba una mini excavadora, un aparato parecido a una pala a vapor, y quien cavara la mayoría de nuestros bunkers.
También estaba nuestro futuro gerente general, el típico contador puntilloso que tanto recrean en las películas. Él había renunciado a su trabajo de programador de software para lograr su sueño de manejar una cancha de golf. Fue él quien localizó la tierra y convenció a un empresario para que la comprara, hizo lobby para que Doak diseñara la cancha y cuando nos dieron el trabajo a nosotros, se convirtió en nuestro campeón. Llevaba cada permiso reglamentario hacia una conclusión exitosa, participaba en la mayoría de las charlas sobre diseño y se aseguraba de que todos cobraran a tiempo. Estaba deseoso de dirigir el club una vez que abriera sus puertas hasta que, en el umbral de su terminación, él fue a su casa una noche y por razones que aún se desconocen, asesinó a su esposa. No trató de defenderse ante los cargos y ahora está cumpliendo una larga condena en una prisión de Wisconsin. Lo menciono porque fue esencial en la creación de Erin Hills, pero no quiero dar su nombre por respeto a sus hijos, quienes ahora ya son adultos.

Finalmente y lo más importante, estaba el hombre que nos contrató, Bob Lang, quien había creado un pequeño imperio corporativo produciendo tarjetas conmemorativas, calendarios y coleccionables. Su Lang Companies tenía base en Delafield, 32 kilómetros al sur de Erin. Bob había reconstruido el centro convirtiéndolo en un encantador lugar de retiro estilo siglo 19, la versión de Wisconsin del Williamsburg colonial. El día que nos conocimos, él nos mostraba con orgullo detalles específicos de los edificios, tales como los tablones de madera en los pisos colocados a mano y fijados con clavos. Su oficina tenía reliquias valiosas de la Guerra Civil, una colección increíble de cuadros de Abraham Lincoln y los autógrafos enmarcados de los primeros 12 presidentes de los Estados Unidos.

(Fin de la primera parte, adelanto de nuestra edición impresa de junio, nro. 287)