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Andrés Romero, cómo renacer en Alemania desde el sótano del golf

RomeroEl Pigu estaba extraviado y sin un circuito internacional al que aferrarse, pero el triunfo en el Tour Europeo lo devolvió a los primeros planos

No pudo tolerar esos bogeys tontos en los hoyos 13 y 14 del Montreux Golf & Country Club. Frustrado, reaccionó con la fuerza de un volcán y le pegó un puñetazo al cartel del tee del 15. El dolor envolvió su mano en segundos y enseguida supo que la lesión era seria. ¿Qué hizo? Completó la vuelta con el putter. Aquel episodio en agosto de 2015, que terminó de la peor manera -un abandono y la fractura del metacarpiano derecho- significó la caída definitiva de Andrés Romero hasta el sótano del desánimo. “Tener rota la mano es lo de menos; más roto tengo el corazón”, se lamentó entonces en su muro de Facebook, luego de esa primitiva reacción que dilapidó el gran repunte que experimentaba en esos tiempos. “Todo el trabajo que venía haciendo lo tiré a la basura, así como la tarea de todo mi grupo, a quienes les pido disculpas”, resumió de aquel fatídico Barracuda Championship disputado en Reno, Nevada.

Después de aquel ataque de ira, el diagnóstico sobre el Pigu se veía desolador: el tiempo de recuperación de la lesión le iba a impedir salvar la tarjeta del PGA Tour que había conservado durante ocho años, reforzada con el triunfo en New Orleans en su primera temporada. Sin un calendario previsible, a la pesca de solo algunas invitaciones y saltando por los circuitos como un gitano en busca de una recompensa, el tucumano completaría un 2016 con mayoría de cortes no superados. Pero por sobre todo, con la incertidumbre de no disponer de una plataforma desde dónde apoyarse. Descartada la vía del Web.Com porque “le aburría”, según él, se decantó por apuestas puntuales en el calendario. Una jugada riesgosa, lo más parecida a una ruleta para su trayectoria. Sin embargo, aun inmerso en ese cono de sombras deportivas, el ex caddie de Yerba Buena nunca perdió esa virtud de asombrar con gestas imposibles. Si estuvo al borde de adjudicarse el British Open con sus frescos 26 años y a puro talento, ¿cómo no sería capaz de revertir el rumbo de su carrera y volver a sentirse campeón? Algo más debía sacar de la galera, tal vez como última chance para resurgir.
En algún sentido reseteó su mente en marzo de 2017 al participar en el Molino Cañuelas Championship, por el PGA Tour Latinoamérica. Un relanzamiento humilde en la tercera división de la gira de Estados Unidos, aunque también un estímulo para reactivarse. Sobrevinieron dos cortes no superados en Puerto Rico y Memphis, pero una gran noticia empezó a despejar el horizonte: la vuelta a los Majors gracias a la clasificación para el US Open de Erin Hills. Si bien tampoco avanzó aquel fin de semana, las sensaciones ya eran buenas. Y por fin, el gran impacto que acabaría con nueve años sin alegrías para su palmarés en el exterior: la consagración en el BMW International Open de Munich, su segunda conquista en el Tour Europeo. “Fue un poco de todo: revancha deportiva, personal… de todo. Dios quiera que lo que venga de acá en adelante sean noticias buenas y la chance de un desquite de muchas cosas, como la de volver a soñar, regresar algún día al British Open y no cometer el mismo error en ese torneo. Este título en Alemania, aparte de enseñarme a cómo se hace para ganar de nuevo, me convenció de ese ‘sí se puede’, tanto en lo parte deportiva como en la personal”, le confiesa Pigu a Golf Digest Argentina, con la tranquilidad de gozar de la permanencia del Tour Europeo hasta 2019.

Un título con suspenso hasta el final
La victoria por 271 golpes (67-71-68-65) vino con muchos condimentos. Corrió por detrás del belga Thomas Detry, contrarrestó el envión de Richard Bland, pero por sobre todo le birló el campeonato al español Sergio García, meses antes dueño del Masters y máximo candidato en el Golfclub München. Al final, los tres quedaron segundos del ganador a un golpe. El Pigu firmó la tarjeta, se acomodó en una cabina y observó desde el monitor el cierre de sus perseguidores a pura sonrisa, con la compañía del puntano Rafa Echenique y el español Pablo Larrazábal. Faltaba saber si el poseedor de la chaqueta verde del Masters y el inglés Bland estarían lo suficientemente inspirados para lograr sendos águilas y forzar un playoff, pero se quedaron en la puerta con sus respectivos birdies en el par 5 del 18. Entonces, estallaron los aplausos en ese cubículo privado. “No sabría decir qué pasó para que ganara después de haber jugado mi cuarto torneo del año, pero sí tuvo que ver con mi rendimiento en los certámenes anteriores. Había pegado muy bien el US Open y en Memphis. Y hace mucho que no iba puntero en un torneo. Bah, muchísimo, diría yo. Por suerte, el swing nunca me abandonó”, confiesa el tucumano.
Esta historia con desenlace feliz tiene su germen en la alianza que sellaron Andrés Romero y el coach Mariano Bartolomé en Miami. En diversos momentos de la carrera del Pigu, los dos se juntaron para fortalecer el juego. El entendimiento entre ambos es natural: se llevan bien dentro y fuera de la cancha, se respetan y de ese feedback salen cosas tan buenas como este trofeo inesperado en el Viejo Continente, que le reportó una ganancia de 333.330 euros y valiosos puntos para la Race to Dubai. Así fue como el jugador y el instructor decidieron reencontrarse en El Doral justo una semana y media antes de Memphis para darle forma a un nuevo sueño. “Más que nada, estábamos ahí buscando agarrar confianza, porque todavía no había un calendario armado y Andrés no había entrado en el St. Jude Classic, además de que al lunes siguiente jugaba la clasificación para el US Open”, revela Bartolomé, que amplía: “Lo encontré muy bien mentalmente, con ganas de trabajar. En lo físico ya venía acondicionado desde Tucumán por su tarea con su PF, más allá de que físicamente es un dotado para jugar al golf. Y en lo técnico vi que tenía algunas cosas para mejorar”.Romero

Los gratos recuerdos del pasado
Además de modificarle la postura –su principal error técnico aquellos días en Miami-, Bartolomé tocó en el Pigu un punto sensible para que recobrara ese instinto asesino en el campo: le mostró unos videos de cuando trabajaban juntos en 2008, el mejor año de su carrera profesional por su coronación en el Zurich Classic y que cerró con la distinción como Novato del Año en el PGA Tour. “Me acuerdo que abrió bien grande los ojos al mirarse en aquellas imágenes. Y eso fue para mí una gran señal de que podía despertar en él cosas importantes. Le ví la cara e intuí que sería capaz de volver a figurar en la elite, y eso en un jugador es fundamental”.
Una vez que ordenaron la postura, avanzaron al siguiente paso: buscaron que el palo trabajase un poco más de frente respecto de su cuerpo durante la bajada, uno de los errores comunes de Andrés, ya que tiende a que el hierro se meta un poco por dentro en el downswing y a veces falle por los dos lados. Afilada entonces la cuestión técnica, restaba motivarse y aterrizar en una cita del calendario europeo al que había llegado por invitación, una carta con membrete que había exhibido orgulloso en las redes sociales. Era una oportunidad y una manera de revivir dulces sensaciones, como su triunfo en Hamburgo de 2007, apenas una semana después de rozar la victoria en Carnoustie. “Cuando llegué a Alemania, después de tanto entrenamiento, el swing ya estaba amoldado y con las correcciones hechas. Empecé a pegar muy bien en las salidas y con todos los palos. Justo había cambiado el putter, también. Fue cuestión de práctica y repetición de tiros muy buenos para lograr el título en Munich”, repasa el Pigu, que al momento de alzar la copa ocupaba el puesto 837º del ranking mundial –llegó a ser el 21º en 2008-.
Esos saludos y felicitaciones de amigos y conocidos le sensibilizaron el alma, pero más todavía la presencia de su hija, ya que cuando el Pigu cerró el torneo, allí estaba la pequeña para abrazarlo bien fuerte. “Fue clave el apoyo de mis amigos, de mis viejos y de mi mujer. Siempre ellos me decían que tenía que darse vuelta la tortilla y creí en eso; por eso continué trabajando. También tenía la ilusión de que mi hija me viera ganando. Había triunfado cuando ella no estaba en este mundo, pero ahora por suerte le cumplí”.

Se conjugaron el amor familiar y una ilusión gigante para el futuro. Un escenario que deberá encontrarlo ahora con la disciplina de todo profesional y lejos de los deslices de otros tiempos, cuando la mala alimentación y el alcohol sin mucho control le quitaron continuidad y perspectiva. “Ya con la tarjeta hasta 2019, lo único que tengo que pensar a partir de acá es en participar en los torneos que se me presentan, tanto del PGA Tour como del Tour Europeo. Y por supuesto: ver de sumar la mayor cantidad de puntos posibles para meterme entre los 125 de la FedEx Cup (terminó en el puesto 198), que es lo que más quiero. Si no puedo entrar ahí, el número que tengo pensado es del 126 al 150: por ser ganador en Europa estaré en más de quince torneos en 2018, más allá de que podré jugar la final del Web.Com. Tengo varias oportunidades para intentar cumplir mi gran sueño, que es recuperar la tarjeta full del PGA Tour”.
Ahora, el coach Bartolomé confía más que nunca en este golfista que jamás abandonaría Tafí del Valle como su lugar en el mundo, que se desvive por las empanadas de carne y de pollo que le cocina su mamá, Rosa, y que procura andar por la vida con dos rasgos infaltables: la paz interior y la sonrisa. “Es un jugador que sabe competir. Y con el talento que tiene, si se enchufa y se prende ahí arriba, luego sabe cerrar los torneos. Para afianzarse entre los mejores necesita seguir trabajando muy ordenado, a conciencia y dar el ciento por ciento. Andrés se dio cuenta solo de que haciendo las cosas bien tiene un potencial enorme: sin mucha competencia previa, en Alemania pudo ganar en el nivel más alto”.
A los 36 años, Romero parece enfocado en consolidarse como el alter ego de Emiliano Grillo, si se habla de la Legión Argentina en los circuitos internacionales, con la diferencia de que el tucumano tiene mayor rodaje que el chaqueño y algunos triunfos más. En los últimos años, el Pigu había dejado un espacio vacío dentro de este grupo selecto de jugadores nacionales que puja por hacerse un lugar, tarea que cumplió a la perfección Fabián Gómez en 2015 y 2016, y en la que hoy también pelean Julian Etulain y Miguel Angel Carballo, los otros del PGA Tour, al margen de caso aparte de Angel Cabrera. “Todos queremos una sola cosa, ¿no?: cuando uno agarra un palo, una pelota y se dedica profesionalmente, la ilusión máxima es… ganar un Major. Sé que puedo triunfar”, aviva el Pigu, ya pensando en objetivos supremos.

El equilibrio tan ansiado
Si hay algo que inquieta en Romero es su estabilidad emocional y su predisposición para mantenerse siempre en el mismo camino. Es un golfista que triunfó y fracasó bajo su ley, pero siempre al límite. Y el ambiente del golf en la Argentina lo sigue mirando de reojo en cuanto al orden de sus rutinas para estar totalmente alineado con sus objetivos deportivos. En cualquier caso, ¿quién es capaz de dictarle lo que debe hacer? Es un jugador que conoce la máxima gira a fondo y que llegó a hacer migas con Tiger Woods cuando el astro todavía era capaz de llevarse Majors, como en 2008. Mientras tanto, el tucumano no duda en seguir haciendo lo que le gusta, tal vez desoyendo algún consejo previsor. Y lo dice a viva voz: “Si hay un partido de fútbol, lo juego; si hay un asado, voy; si hay un partido de truco, ahí estoy. Trato de pasarla lo mejor que puedo porque la vida hay una sola y hay que disfrutarla, aunque sin descuidar lo que uno hace. Este año y los anteriores me sacrifiqué mucho, pero no dejo de disfrutar. No me arrepiento de nada: soy feliz con la familia y del grupo de amigos que tengo”, argumenta.
Ya será un gran paso si el Pigu logra despojarse definitivamente de los malos pensamientos, que lo aquejaron al punto de no superar muchos cortes sucesivos. La fórmula, de aquí en más, debería ser: mente positiva + inconsciencia para pegar naturalmente, casi por instinto. Como en los viejos tiempos y como rememoró en Múnich: “Ahora pienso en ganar, juego mucho más tranquilo. Todo se basa en la confianza que me otorga esta victoria. Es apuntarle a la bandera, pegar y no pensar en otra cosa. Sé que tengo una oportunidad muy grande de acá en adelante, porque este triunfo me devolvió la ilusión de pelear torneos y de saber que si estoy ahí arriba, la presión no será tanta como la que sentí en Alemania. La voy a manejar un poco más. Sé que ya lo hice… y lo puedo volver a hacer”.